jueves, 25 de marzo de 2021

Fragmento del cuento tallán "El lagarto de oro"

...Pero nuestro mundo fue invadido, y nuestros círculos quebrados. Fueron obligados por fuerzas poderosas a encajarse en círculos creados por el dios todopoderoso que trajeron consigo a esta tierra para ampliar sus dominios. Nos desconcertó al ver que su único dios era representado clavado de pies y manos a un madero en forma de cruz. Pero esos cristianos, así decían llamarse, afirmaban que es el hijo de su dios. ¿Cómo entender a un dios que puede castigar a un hijo de ese modo tan espantoso? Y por algo grave debe haber sido, porque a los nuestros los respetamos y no los representamos con imágenes dolientes de hijos, porque nuestros dioses no los tienen. ¿Para qué? Si no hay necesidad. Ya que a nuestros dioses los vemos reflejados en las flores, en los animales, en el cielo, en el sol, en la luna, en las nubes y en todo lo que nos rodea. Que para eso es la creación, y la creación es un regalo sagrado. Da pena y rabia recordar las situaciones forzadas a que nos sometieron…

Fragmento del cuento tallán “El lagarto de oro”. Págs. 85 - 86
Publicado en el libro titulado “Cuando el cielo se tiñó de rojo”
y otras leyendas tallanes. – Lima 2012
Eduardo Borrero Vargas
Derechos reservados

lunes, 15 de marzo de 2021

Lilian Houghton Hidalgo

 Mujeres en lucha... Poeta de luces y sombras

Lilian Houghton Hidalgo, nos tiene acostumbrados a sus escritos y poemas dulces, que nos va regalando en los diarios de Piura. En su poemario, ella es luz y sombra a la vez. No puede escapar de su destino de mujer, marcado por el amor a los niños. Es a la vez educadora, madre y mujer, defendiendo sus espacios en un mundo donde la mujer debe luchar con denuedo para ser oída y vista. Por eso, sospecho, que con maestría ha escogido acertadamente el título de su primer poemario, en formato tradicional. Lilian, tienes un largo camino por recorrer, por los meandros de los versos que a veces tan ingratos, toman cursos inesperados. En fin, Lilian, tienes el sentimiento que nace de la misma raíz de tu alma. Eres bienvenida a la magia de la concordancia de las letras.

Eduardo Borrero Vargas
Lima, viernes 03 de enero del 2020
Derechos reservados.

viernes, 5 de marzo de 2021

Museo Sullana: Museo Tallán

A las personas como el Dr. Luis Cruz Merino, se les respeta. Y se les debe ubicar en el sitial que se merecen. Se graduó de médico cirujano, en la facultad de Medicina San Fernando de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Obtuvo el Doctorado de Medicina en el año 1962 y el de Master en Ciencia de la Salud, en la Universidad Roosevelt, Doctorado de Chicago USA. ¿Y cuantos reconocimientos más tendrá, que solo sus hijas los conocen?

Figuran: sentados, a la derecha el doctor
Luis Cruz Merino, a la izquierda el 
empresario Raúl Vences. De pie, a la izquierda
el profersor Manuel Cardoza Adrianzén y a la
derecha el novelista Eduardo Borrero Vargas

Lo conocí en su amplitud profesional y humana, en la gran unidad escolar “Carlos Augusto Salaverry”. En ese lugar donde nos guiaba con sus cursos: introducción a la psicología e introducción a la filosofía. Dejé de verlo durante años, pero él no dejó de visitar a mi hermano Víctor. Así era él y así lo tengo dibujado en mi mente. Antes de su fallecimiento, fuimos a su casa y sobre este encuentro escribí esta pequeña reseña:

Lucho: un hombre que no ha podido irse

“Es mi deseo recordar al Dr. Luis Cruz Merino, no por sus merecidísimos triunfos en la medicina, sino como el amigo que desbordaba esa sencillez y humanidad que iba depositando paso a paso en sus largos recorridos por las añosas calles de Sullana. Nos rasga el corazón concientizarnos que ya no veremos más su larguirucha figura recortada por las areniscas llegadas del desierto, o por el sol gesticulante, o por las lluvias hablantinas mojadoras de los grandes espíritus. Su sombra intemporal ha cubierto a Sullana, como una luz tenue, desprendida del valle de los eternos fluidos.

Lucho, le gustaba que así lo llamaran los jóvenes y alumnos del colegio “Carlos Augusto Salaverry”, donde ejerció la docencia por largos y fructíferos años. Generaciones te recordarán como un hito a alcanzar. Lucho, así serás recordado, como lo oyes allá en tu espacio etéreo, en este pequeño recuento de lo que representas para nosotros, en el que ya las cronologías y mediciones de los tiempos temporales han sido derrumbadas.

¿Cómo no recordar las visitas solidarias que le hacías a mi hermano, Víctor Borrero Vargas, atacado por sus dolencias cardíacas, y que hasta hoy mismo, entre los entresijos de la parra milenaria y su piso rojo, aún fluyen sus voces? ¿O cuando con la grandeza de un ser iluminado nos diste la clase magistral del recuerdo en nuestras Bodas de Oro? ¿O cuando te visitamos en tu hogar, con Raúl Vences Lizano y Manuel Cardoza Adrianzén, nos regalaste tu niñez, tomando entre tus brazos lo poco que teníamos a la mano: un ejemplar de mi novela “Tras las huellas del Capitán Peche Pereche”? ¡No amigo Lucho, eso no se olvida!

En tu perpetuo descanso, se oirán oraciones, que como silencios hablados y cantados irán cabalgando en los vientos de los ecos de aquel 30 de mayo que te llevaron a vivir a la mansión de la eternidad, sitio donde los hombres justos son bien recibidos. Y a tus hijos, que te amaron tanto, solo les podríamos decir: déjenlo que siga siendo como es, natural y espontáneo. ¡Dios será su amigo!

Dr. Luis Cruz Merino: Goce su infinidad, se la tiene bien ganada.

Eduardo Borrero Vargas
Lima, jueves 09 de junio del 2016”

Desgraciadamente, en Sullana, hay un historiador irrespetuoso que trata de mellar la imagen de un gran personaje. Este historiador que ese lugar llama museo es un cascarón donde no hay nada. No sé si la persona que dirige este museo es consciente de lo que tiene en sus manos. Pero debería dar un paso al costado y rebautizarlo como MUSEO TALLAN. Y al Dr. Luis Cruz Merino, buscarle un sitio donde colocar su busto (Hospital, clínica, parque…etc.) por haber sido el gran médico que dio su vida y conocimientos a nuestra querida Sullana.

Lima, miércoles 03 de marzo del 2021
Derechos reservados. -

martes, 19 de enero de 2021

Dedicatoria a Jacinto Vargas Ladines

Un grano de arena es parte de una roca y una roca es parte de una montaña. Así, desde mi perspectiva ya lejana, veo al abuelo Jacinto Vargas Ladines como montaña gigantesca de miles de brazos peleándose por convertir a Sullana en un pueblo urbanísticamente habitable. La obsesión de Jacinto Vargas Ladines (de aquí en adelante lo llamaré así) era pelearle el protagonismo a Piura y lograr que Sullana sea la capital departamental. Desde niño escuche en las tertulias familiares ese afán: Si don Augusto B. Leguía no cae Sullana sería la capital de Piura. Lamentablemente los coletazos de la historia o efectos mariposa a veces no son favorables para el desarrollo de los pueblos.

Jacinto Vargas Ladines, un quinquenio (1925 al año 1930) estuvo al frente del Concejo Provincial de Sullana. Gracias a su acertada política tributaria ejecutó importantes obras públicas logró que Sullana ingrese a la modernidad: la Plaza de Armas y la calle San Martín fueron pavimentadas y las calles fueron señalizadas, nuevos contratos con la Empresa de Agua Potable y con la Empresa Eléctrica aseguraron por diez años más la regularidad de estos servicios. Estas tomas de decisiones acertadas permitieron, indudablemente, que Sullana fuera vista como un importante polo de desarrollo.

Su mentalidad empresarial forjada en la casa F. Hilbck & Cia., le permitió ver no solo a Sullana como un pueblo urbano aislado, en medio de un arenal, sino que su riqueza estaba en el valle del Chira. Es así, que la debacle de las lluvias torrenciales del año 1925, en que pueblos y caseríos y canales de regadío del valle del Chira quedaron destrozados, no lo desmoralizaron y con la ayuda del presidente Leguía en un quinquenio de duro trabajo y fiscalización logró levantar Sullana ante el asombro de todos. En su discurso pronunciado en el año 1926 ya sostenía lo siguiente: …"su progreso agrícola, que será en el futuro la superación del standard de vida de la población de Sullana".

Abuela,
María Antonieta 
Quevedo Saavedra 
17/01/1881  -  21/04/1935
En la vida de Jacinto Vargas Ladines hay hechos mágicos y uno de ellos es el de la música. Imaginémonos sentados en una de las bancas de la Plaza de Armas, en el año 1929, viendo maravillados a 40 muchachos uniformados y con instrumentos nuevos, interpretando exquisitas piezas musicales. Apoteósico, era la primera banda municipal infantil del departamento. El abuelo Jacinto Vargas Ladines (regreso al abuelo), el arte lo llevaba en la sangre y era su preocupación o felicidad que toda la familia toque piano o cualquier instrumento, cante, dibuje, o escriba. Nos orientó como todo un patriarca. Pero no nos atosigó ni nos encasilló, más bien nos dejó libres, de educación abierta y de visión futurista tal como él lo era.

Para finalizar este pequeño recordatorio, debo resaltar, que nosotros sus descendientes podemos regresar a nuestro querido pueblo y mirar a los sullaneros a los ojos y con la frente en alto. La honestidad no es una virtud es una obligación.

Eduardo Borrero Vargas
Lima, sábado 01 de octubre de 2011

viernes, 15 de enero de 2021

Víctor: la vida en dos dimensiones

Alguna vez tenía que enfrentarme a esta situación. Y es que escribir testimonios de vida o muerte no es tarea fácil, pues este acto alcanza y toca los sentimientos humanos más hondos. Y, además de demandarnos una capacidad de síntesis para comprimir el tiempo en unas cuantas hojas, la tarea más difícil radica en el hecho de trabajar en dos dimensiones. Como colegirán, estoy frente a un reto casi imposible, como el querer rascarse la cabeza con una sin dedos. Pero abordaré con lucidez esta aventura.

Dios nos dio vida, y la dosificó a cuentagotas. Porque para la creación usó la “obsolescencia programada”, término aplicado en la fabricación de máquinas o artefactos eléctricos. En pocas palabras, nuestro genuino armatoste psicosomático viene con esa marca indeleble pegada a nuestro cuello. El hombre no puede eludir ese designio: nacer y morir. Las grandes desazones vienen de esa certeza: el hombre en su empeño de eternizarse, reniega de su situación, acusando vacíos o los que los especialistas en Psicología llaman desequilibrios o trasvases mentales.

El punto más admirable de mi hermano Víctor –“Mecho”, al interior del seno familiar y para sus amigos- es que aceptó con humildad y entereza su destino: el de alejarse irremediablemente de nosotros en pleno ejercicio de sus facultades creadoras. ¿Cuántos proyectos maduros refulgían en su interior? Nunca lo sabremos. Solo somos testigos que, días antes de su partida, gozaba alucinando y escribiendo sobre hojas en blanco, cuentos, y novelas guardadas celosamente dentro de su mente, incontables y extraños personajes liberados de quien sabe qué rincón de su memoria.

“Mecho” era el engreído de la familia, y fue el hermano que compartió los últimos de vida de nuestros padres. Curioso sin remedio, viajero incansable, lector indesmayable, propiciador de prolongadas tertulias, de memoria prodigiosa, era, además, generosos en sus actos. Y, sobre todo, de una imaginación libre, como los pájaros que vuelan sobre las ramas del viento hasta posarse más allá de la línea del horizonte. ¿Cómo no recordar a mi hermano, si en el fondo era un niño tímido con un lapicero en la mano?

Hemos compartido muchas vivencias: las mismas pensiones, la misma universidad y nuestros amigos; el amor por los caballos y las mulas, nuestra afición por la cacería, las fogatas en el campo, nuestro temor al Cerro del Viento plantado como un vigía solitario en el corazón de El Angolo, los mismos fantasmas y duendes escurridizos que se esconden detrás de los ceibos y de los charanes, conocedores estos del lenguaje nocturno y el andar lento de los bosques secos, el silbido del ave de la medianoche, el rugir del puma, el reptar del macanche y el conversar cadencioso de la gente del campo.

Por boca de nuestro padre conocimos los nombres de los últimos bandoleros que asolaron la región norte y el nombre de cada una de las quebradas y cerrerías de la frontera. Y aprendimos a auscultar el cielo para pronosticar si ese día o el siguiente, o la próxima semana, o el próximo año, serían lluviosos. Cómo no recordar ese día, demasiado extraño, en que nos enseñaba cómo el arrebiatado manchaba la albura del algodón; aquel día sin saber por qué, nos vimos de pronto envueltos en motas de algodón que caían del cielo como nieve desprendida de un cielo despejado.

Nuestra madre, devoradora de libros, por las noches nos contaba cuentos de aparecidos, de lechuzas cortadoras de almas, de mujeres vaporosas y de duendes desalmados.

Nuestras expediciones al Ecuador, preparadas meticulosamente por nuestro padre, servían para acicatear nuestra imaginación de niños: una res vagando solitaria por esos campos se multiplicaba hasta ser un millar; una choza retorcida se transmutaba en un magnífico castillo medieval; y un jinete solitario, montado en un jamelgo, en un avispado comisario impartiendo justicia. A lo lejos, pasando el río Macará, divisábamos El Tamarindo, donde los tíos nos esperaban con suculentos bocadillos. Dos años antes de la partida de “Mecho”, regresamos a Macará invitados por Pedro Quito, Presidente Municipal, a develar una fotografía del tío Segundo Borrero Riofrío, quien fuera Presidente Municipal el año 1938. En la ceremonia Víctor fue invitado a tomar la palabra. Habló con serenidad y con palabras asertivas logró, milagrosamente, desterrar esa desconfianza que, por razones infundadas, alteran nuestra convivencia vecinal. Regresamos a Sullana al anochecer. Víctor entró en sopor y ladeó la cabeza hacia el lado izquierdo. En medio de la oscuridad que nos iba cayendo, lo vi perfilado y lo acaricié con los dedos del alma. Mi hermano ya mostraba signos de fatiga.

Desde esa vez, atento a los hechos, me habitué a los viajes: cada tres o cuatro meses estaba junto a él, sentado bajo la parra de la vieja casa familiar, analizando centímetro por centímetro cada uno de sus misteriosos rincones. Por ese lado – me dijo señalando un rincón del patio- hay tres agujeros sin fondo, y de cada agujero salen ruidos diferentes: en el primero como el de niños balbuceando; en el segundo, como el de niños correteando; en el tercero, como el de adultos en trance hacia la muerte. ¿Cuál de los tres agujeros es más conveniente para un cuerpo cansado? Me fue imposible responder. Me quedé callado y nuevamente, al voltear, me encontré con su perfil cada vez mejor tallado.

Un martes 25 de noviembre del 2008 llegué a Piura. Mi hermano Humberto me esperaba en el terminal terrestre. Con el alma a cuestas y con el corazón destrozado, di un paso adelante y le dije: Falleció bordeando la una de la mañana. Extrañado, me preguntó: ¿Cómo lo sabes? Le respondí: Porque a esa hora se sentó junto a mí y me rogó que le recitara uno de mis poemas:

¿Dónde vives?
En el borde del desierto, contesté
¿Te crees Jesucristo, entonces?
¡No, sólo soy un simple hombre!
¿Y qué es lo que pretendes encontrar?
Una tinaja y una piedra de destilar
¿Y eso?
¡Ahí nos encontraremos mis padres y mis hermanos!
¡Pero, qué locura!
¡No es el renacer!

Mi hermano Humberto, aún guarda la hoja en la que esa madrugada escribí ese pequeño poema que más tarde titularía “El Desierto”. En el año 2009 fue incluido en mi obra Alma del Norte.

Eduardo Borrero Vargas
Lima, martes 19 de febrero del 2013
Derechos reservados

martes, 12 de enero de 2021

Solmar

Solmar nació junto al mar, pero olía a vainilla. Y yo no quería importunarla con preguntas sobre esta peculiaridad, temeroso de que me diera una respuesta salida de tono de las que normalmente utilizaba cuando no quería dar razón de algo relacionado a su personalidad. Un día, mientras ella dormía acurrucada en su cama, me atreví a probarla y le pasé la punta de mi lengua sobre su piel cálida para descubrir cuál era su secreto. Mi razón lógica se inclinaba a que, si una persona olía a vainilla, su piel indefectiblemente debería tener un sabor dulzaino. En medio de estas dudas -de que si se despierta o no se despierta- acerqué mis labios a su piel y la probé con la punta de la lengua; dos veces, para estar completamente seguro de su sabor.

Gracias a Dios, que Solmar siguió profundamente dormida y yo a su costado la miraba desconcertado, al constatar que mis teorías se derrumbaban: el sabor de ella era agrio como la cáscara de las naranjas agrias que usaba en su repostería. Retrocedí a mi cuarto y en la penumbra traté de hacer memoria: ¿Desde cuándo se le dio por la repostería?, si su madre la dejó pequeña, hará unos siete años atrás, en ese accidente en que el avión se fue de narices en la pista de aterrizaje. Desde ese día fui padre y madre. Aprendió a leer rápidamente y todos los días la llevaba y la recogía del colegio. La quise convencer para contratar la movilidad escolar pero no quiso, por más argumentos empleados, válidos o tirados de los pelos.

Un día, de regreso del colegio, me comentó con toda naturalidad: tengo secretos que contarte, pero mi mamá me dice que esos secretos solo son entre ella y yo. No lo tomes a mal, ya la convenceré para que tú también los compartas, ¿qué te parece, papi? Y de ahí hasta llegar a la casa, cantó canciones que él nunca antes había escuchado. El comentario vertido por Solmar no lo inmutó. Él sabía que la imaginación infantil es de por sí desbordante. De niño, él también creaba personajes, juegos solitarios, hablaba con amiguitos salidos de los rincones de la noche, enanos, ciudades flotantes y mares que llegaban a los confines de la tierra. No le contestó nada, esperando que ella tuviera más edad para confesarle que la entendía, porque él también había sido hijo único.

Solmar, un día, después de cenar, me pidió: mañana por la noche, cuando ya esté dormida ven a mi dormitorio y hablaremos con mamá. Cumplí sus deseos y ahí estuve. La vi dormida, le cogí las manos y el tiempo discurrió a borbotones entre sus dedos. Visité, como cuando era niño, mundos paralelos y entre ellos el transitar de tantas figuras familiares. Por momentos, dudaba en soltar sus manos o seguir aferrado a ellas, para continuar gozando de esos mundos tan lejanos y tan cercanos a la vez. Conmocionado, me levanté, arropé a Solmar y fui a tratar de conciliar el sueño; para mis adentros, pensé: mañana será un día sobrecargado.

Al día siguiente, logró levantarse a tiempo. Dejó a Solmar en el colegio y apresurado tomó la línea de ómnibus que lo dejaba a una cuadra del trabajo. Ya al atardecer, al ingresar a casa, se vio a sí mismo sentado en la mesa del comedor con Solmar y atónito se preguntó cómo es que se había podido desdoblar en dos. De pronto, su memoria, que lo había abandonado, decidió regresar por sí sola. Recordó que él ya tenía noventa y cinco años, que era un viejo que apenas podía valerse por sí solo, y que su memoria regresiva le había puesto en ese aprieto. ¿Cómo explicarse, a su edad avanzada, esa superposición de dos tiempos paralelos en uno solo?

No quiso romper esa magia y los dejó hablar. Entonces escuchó que su hija Solmar, muerta hacía quince años, le decía: ya ves papi, ¿qué te parecen los secretos que guardo con mi mami? Pronto los compartiremos. Y en esos momentos, desesperado, quiso acordarse del nombre de su esposa, el de él y del porqué Solmar olía a vainilla, antes que la memoria se le fugara. Forzó su memoria y el cerebro nuevamente se le fue enmarañando. Sigue sentado en un hospital, cuyos ventanales van a dar al mar y las olas batientes despiden un agradable olor a vainilla.

Eduardo Borrero Vargas
Lima, miércoles 18 de noviembre del 2020
Derechos reservados.

lunes, 11 de enero de 2021

Allcco: El perro vindicador de Víctor Borrero Vargas.

 Escribe: 
Ricardo Santiago Musse Carrasco.
Crítico literario.

Víctor Borrero Vargas con el cuento “Allcco” se hizo merecedor de una mención finalista en el último Premio Copé de Cuento en su versión XIV. El cuento (redactado bajo la forma textual de un informe colonial) está ambientado en el siglo XVI. El diestro tratamiento del lenguaje que instrumenta el escritor (remontando, de modo eficiente, la natural resistencia y extrañeza lectora al respecto) recrea, dentro del universo cuentístico, la mentalidad teocrática sustentadora del contexto histórico donde se desarrollan los sucesos notificados por el funcionario Juan de Malatesta a su señoría el alcalde de Trujillo, don Diego de Mora.

Víctor Borrero Vargas
y su cuento "Allcco"
Víctor Borrero Vargas logra un portentoso resultado: Construir una textualidad discursiva con palabras que ya pertenecen a la arqueología lingüística, apelando a ese remoto atavismo enunciativo de los usuarios del idioma; engendrando –además- una sintaxis extremadamente rígida y circunspecta que –no obstante- propicia la fluencia de la verosimilitud narrativa.

Uno de los rasgos estilísticos (recurrentes e inconfundibles) de Víctor Borrero Vargas es la truculencia naturalista, esto es, la sórdida exacerbación de las realidades: Y es “El Bobo”, perro del avaro encomendero Melchor Verdugo, el demonio mismo encarnado en ese can de fierísimo aspecto que cometía fealdades aborrecibles, yogando con las mujeres de dichos indios que, expoliados y degradados trabajaban en las minas y sembradíos de Chilete y Bambamarca.

Víctor Borrero Vargas ya desde la nominación de sus personajes nos arroja la intencionalidad de su literatura: Revelar y ridiculizar a los desalmados explotadores de siempre. Es indudable entonces el tono vindicativo y antirreligioso de sus enunciaciones: El fraile del cuento conjuntamente con Melchor Verdugo –Cavallero de la Orden de Santiago- ocasionaban crueldades contra el pueblo aborigen, alentando que el dicho perro “El Bobo” aperree y viole contra natura a los indios e indias. Sin embargo, Allcco, el perro del curaca Tantahuata (al que “El Bobo”, de manera inmisericorde, mató un hijo) es el que toma venganza y redime discursivamente a la viril raza inca: su dicho perro e lo encontró en una posición de bajada, como hecho de aposta, mientras el dicho perro allcco del dicho curaca Tantahuata, lo yogaba con facilidad, hasta anudarse, e de ahí vido al monstruo de dos cabezas e ocho patas, e el dicho perro “El Bobo” se colocaba mansamente como perra en celo ante el dicho perro allcco, e esto lo venía haciendo desde que el dicho curaca Tantahuata regresó de la cibdad de Truxillo, donde, ya lo tengo dicho, fue a pedir a su señoría se le haga justicia… Los dichos indios de Bambamarca regaron la noticia, que el dicho perro allcco del dicho curaca Tantahuata había hecho sarasa al dicho perro “El Bobo”, e que mejor venganza no pudo haberse servido el dicho curaca Tantahuata, e si el dicho perro “El Bobo” era sarasa, lo era también por añadidura su amo el dicho Melchor Verdugo, al que empezaron a llamar Melchor Verdugo el sarasa.

Esta consagratoria mención finalista de Víctor Borrero Vargas no ha sido, convenientemente, difundida por los medios periodísticos y literarios (sólo el grupo literario “Magenta”, acogiendo esta grata noticia, publicó el cuento en su boletín), lo que nos induce a suscribir –finalmente- lo que sentenció alguna vez el escritor: Es que hay, estimado Ricardo,  un complot de silencio orquestado y dirigido por un grupúsculo que solamente escribe literatura “For dummies” y que  nos está tomando, impunemente, el pelo.          

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domingo, 10 de enero de 2021

Entre majados y secos de chavelo

En mi artículo anterior, titulado la “Cachema aculantrada y otros potajes”, el tema de los otros potajes quedó a la espera de nuevas oportunidades. Comprendí que, como cada plato tiene su propia enjundia y vida propia, era necesario darles merecidamente su espacio e importancia. En una región determinada, cada plato es expresión sublime de amor y conocimiento de los paladares. Sin ese principio, la comida sería uniformada; y estaríamos condenados, como otros países que, muchas veces por razones políticas, así lo así lo hacen. Ya lo he dicho y lo sostengo: que la riqueza y variedad en la comida es dable solo en pueblos con una tradición ancestral. Y que esta pasión expresa por las comidas elaboradas con fórmulas magistrales vendría a ser como el sumun culinario de la libertad. Debemos dar gracias a Dios que nos dotó de sentidos sublimes que nos permiten distinguir las propiedades organolépticas de los alimentos: color, tamaño, aroma y sabor. Gracias a estas virtudes el hombre logró clasificar lo que la naturaleza nos ofrecía y utilizar estos recursos con sapiencia en el arte culinario. Así tenemos en la actualidad compendios de recetas, glosario de palabras gastronómicas e íconos de cocina para todos los gustos. Cada uno con sus características propias y consejos de los gourmet que refrendan los libros, adecuándolos apropiadamente para obtener mezclas de sabores y olores que ya rayan en lo fantástico. Definitivamente, la cocinería es un universo aparte en la actualidad.

Sin embargo, estos compendios no nos garantizan que las recetas ahí escritas, acompañadas con fotos de los respectivos platos al costado, las podamos duplicar con la facilidad que quisieran los autores de estos libros especializados. Principalmente porque los sabores y los olores, al ser subjetivos, no se pueden graficar. Tampoco seamos ligeros y nos arrimemos a posiciones tontas o descabelladas, como la locura extrema de no aceptar que estos compendios de cocinería sean útiles y ayudas importantes en la difusión de los platos regionales en los hogares del Perú y del mundo. Al final de cuentas, el ama de casa, con su experiencia en el arte culinario, les dará a esas recetas el punto y el sabor deseado. Dejo bien en claro, siempre es bueno aclarar, que no soy enemigo de los compendios de cocinería; al contrario, me gustan cuando la composición gráfica es de alto nivel. ¡No y no!, habría que responderles a aquellos que todo lo ven en forma negativa. El camino que yo he optado no es para andar refutando a los expertos en la cocinería -les confieso con la mano en el pecho que no se freír ni un huevo-: es para abrirle la conciencia a los que manejan esta eclosión de la industria gastronómica peruana. Pero démosle los respiros necesarios para sus reacomodos, no los apuremos, que se vayan adaptando con naturalidad a los nuevos conceptos de manejo social. Estoy convencido que con el tiempo entenderán que la reciprocidad es el mejor mecanismo para interactuar en el mundo de la alta cocina; o, de lo contrario, los mercantilistas de la cocina se hundirán con sus ollas y cucharones al fondo del olvido, y serán reemplazados por elementos jóvenes, de ideas y conceptos en los que prime la inclusión social. En esta vida es loable asumir compromisos, y el compromiso de transferencia de tecnología sería el principal medio para compensar los réditos obtenidos en la compra de una ambicionada receta de cocina. Bueno es refregarles en su conciencia que la cocinería en el norte siempre será un campo de exploración. Es ahí, en ese rincón, dónde las manos mágicas nacen espontáneamente.

En fin, al estar los conceptos de transferencia tecnológica bien definidos, creo que solo nos restaría compatibilizar las palabras o modismos utilizados en ese mundo tan aparte e íntimo, de mudos misterios, de tiempos pausados, de magias ocultas, de vapores vivos, de hervores periféricos, de cucharones de madera eterna, de revoltijos de hierbas aromáticas de quien sabe qué lugar, en el que los paladares benditos de nuestras cocineras o de los maestros cocineros -para que no se enojen- deciden cuando el plato está ya a punto de ser servido a la mesa donde algún comensal se saciará hasta chuparse los dedos. Esa terminología norteña, desperdigada por ahora, rara para quienes no están inmersos en las cuatro paredes de una cocina, debería engrosar los llamados Glosarios de Cocinería, que tengo entendido, ya circulan por las librerías de Lima. 

Seco de chavelo

Ustedes, estimados amigos, siendo tan despiertos, seguramente que hace rato ya se habrán dado cuenta que me he alejado de mi objetivo medular, que es el tratar de deslindar, de una vez por todas, el majado de plátano al estilo sullanero del seco de chavelo piurano; ambos, por si acaso, se preparan con el plátano hartón. La preparación del primer plato es muy sencilla: la receta nos revela un origen humilde, puede ser, pero que para nosotros no nos va ni nos viene, porque su sabor delicioso nos eleva al sumun del arrebato y la satisfacción; y si lo mezclamos con arroz bien graneado y concolón, para qué pedir mas cosas a la vida, si en esa mezcla, además de maravillosa, resulta un alimento saciante o un matahambres atrasadas.

En el mes de julio pasado que estuve por Sullana y visité huariques “de marca”, como se dice en nuestro pueblo, y hubiesen visto mis grandes discusiones con los mozos y los dueños de los locales: ¡Oiga -les pedía- sírvame una fuente de majado de plátano! Y los muy desorientados clamaban a plena voz: ¡Una fuente de seco de chavelo para la mesa que da a la puerta de entrada! Y yo, desde mi mesa, reclamando: ¡Quiero una fuente de majado de plátano al estilo Paulina! ¿Y quién es la Paulina?, me preguntaron en varios locales. ¡No lo sé!, les contesté molesto. Felizmente, en toda aventura culinaria siempre hay alguien que trae la calma; ese alguien recordó que su abuelita Hermenegilda le preparaba este plato y él, raudo, entró a la cocina y a los pocos minutos puso el ansiado plato sobre la mesa. Lo primero que hice, previas disculpas por mi atrevimiento, es colocar la fuente bajo mis narices y sus vapores tibios me llenaron de recuerdos de mi niñez y de mi juventud, de mis abuelos, padres, tíos, hermanos, primos, amigos del colegio y del barrio y de los tantos caminos recorridos por las chicherías “De marca”, como antiguamente se les conocía, y reconocidas en mí tiempo: “¨La burra amarrada”, “La calzón con hueco”, “El borrado”, “La cajón de muerto”, “El celoso”, “La rompe buque”, “Cholo Jesús”, “La china Paula”, “La Baldomera”, “El cholo Villegas”, “La Coloma” y otros que ya se han escabullido de mi memoria. En esos momentos gloriosos valoré la astucia y las técnicas detectivescas del detective ratón Mickey para atrapar a Pedro el Malo usando los olores emanados de la cocina de la abuelita; por supuesto que el incorregible amigo de lo ajeno, sin entender la trampa tendida, caía mansamente como mosca en la miel. Y es que en ese segundo crucial el instinto perverso de Pedro el Malo era remplazado por el instinto de hogar, impulsos extraños o recuerdos latentes que irrumpen de pronto y por los cuales el ser humano regresa a sus orígenes. Seguramente que ese fenómeno, difícil de explicar, se posesionó en mi cabeza: el síndrome de Pedro el Malo había intervenido silenciosamente y me perdí entre los humos de las añoranzas, recuerdos y olores familiares. A veces los comics engloban realidades. Mis acompañantes de mesa me obligaron a aterrizar con un destemplado; ¡Oye, suelta el plato! 

No crean que ésta historia finaliza aquí: seguiré batallando para que este plato, de aquí en adelante se le llame majado de plátano sullanero. Desde luego que esto no es ir contra la corriente culinaria o andar ninguneando platos, esa no es mi forma de ser, sino la de rescatar platos en peligro de desaparecer; ojo, que en las mesas hay lugar para todos los gustos. El escribir este artículo no me ha sido fácil: para encontrar las diferencias entre estos platos he tenido que recurrir a dos expertas en el arte culinario norteño: Sra. Zoilita Aída León Varillas y Sra. Marthita León Hurtado. No les voy a proporcionar las recetas: secretos son secretos, y a mi me gusta guardarlos bajo cinco llaves. Así es, mis amigos gourmets, sigan trabajando, no desmayen en su empeño, que las fórmulas mágicas flotan a sus alrededores. Para terminar, solo faltaría la preguntita de rigor:

 - Oigan, señores “cordon bleu”, ¿y el majadito de plátano sullanero?

Eduardo Borrero Vargas
Lima, 2 de octubre del 2012.
Derechos Reservados.

martes, 15 de diciembre de 2020

Literatura alucinante y apasionante la de Eduardo Borrero Vargas

(Prólogo por Bernardo Rafael Álvarez)

Podrán decirse muchas cosas y, de hecho, se dicen, pero yo creo que –básicamente- la literatura tiene un propósito: generar, digamos, una respuesta estética en el lector. Y, así, cuando comenzamos a (o terminamos de) leer un cuento, un poema, una novela, diremos: “¡qué lindo!” o “¡qué horrible!” o, quién sabe, “¡qué sublime!”; o nos quedaremos estupefactos, o sentiremos paz interior o acaso nos invada un sentimiento de dolor o de indignación por las cosas que encontramos dichas en el texto leído. Porque, como sabemos, cuando se habla de estética no se alude únicamente a las cosas bellas.

Pero, claro, es posible que el propósito del escritor no sea siempre ese, que sea –por ejemplo- hacer que su obra sea un testimonio (como creyó haberlo logrado Arguedas con su novela Todas las sangres: “Si no es un testimonio, entonces yo he vivido por gusto, he vivido en vano, o no he vivido. ¡No! Yo he mostrado lo que he vivido…”). Es que no existe –hay que saberlo- norma, ley o precepto, de ninguna índole, que disponga o mande al respecto. Nada ni nadie tiene autoridad para decirle al escritor: “tu literatura tiene que ser para esto o para lo otro”. La libertad se impone en este terreno. Y esto -estoy convencido- lo sabe Eduardo Borrero Vargas, autor del libro que aquí se presenta. 

Por ello es que cada una de sus producciones literarias tiene una particular característica o cualidad. Hace algún tiempo comenté un libro suyo (Del misterio y otros abismos) y dije que los textos de mini ficción que lo conformaban eran desconcertantes y que, en cierto modo, tenían alguna familiaridad con lo que es la característica del teatro de Ionesco: el absurdo. Eso, el desconcierto y el absurdo, creo que podemos encontrarlo también aquí. Cada escritor –lo he insinuado ya- tiene un propósito al escribir un texto; creo que el de Borrero ha sido este: dejarnos estupefactos, y lo ha logrado creando en este libro unos personajes cuyas personalidades, paradójicamente, son tan comunes y “normales” y al mismo tiempo contrahechas y caricaturescas, como, por ejemplo, Ángel Donis (protagonista del primer texto), jefe de una banda delincuencial que ingresa en la política con “su oratoria alucinante” y -¡cómo no!- cuenta con “consejeros malhechores”, y se dispone a “empapelar todo el país” con su propaganda ocasionando “atoro de desagües” y suciedad en los ríos y el mar; hijo de padres que no fueron realmente sus padres, y que, convertido en millonario, en “mérito” a sus actividades fuera de la ley, se perfila, con muchas posibilidades, como un futuro ocupante del sillón presidencial. Personajes, como él, a quienes podemos, tal vez, identificar con los que –en la vida diaria- ya conocemos (en la política, en los centros de trabajo, en la cultura, etc.).

Diría que es el absurdo -ya “normalizado” e imperante en nuestra realidad- lo que ha llamado la atención de Borrero, incitándolo a ofrecernos, en este libro, más que cuentos o relatos complacientes, una suerte de retrato descarnado y sarcástico de una realidad que, viéndola bien, es realmente dramática. Aquí no hay un Gregorio Samsa convertido, de la noche a la mañana, en un monstruoso insecto, sino, más bien, insectos convertidos en unos Gregarios Samsa con apariencias engañosas. ¿No es eso, acaso, lo que vemos en la política? Yo creo que sí. Repito, el absurdo “normalizado” (o “legitimado”). Personajes, también, como el que da título al volumen, Marlon (“…y su vida de perros”): gente que cree que para ser escritor hay que recurrir –como condición- al “malditismo”, a la “marginalidad”, sin saber que, así, lo más seguro es la conquista infeliz de la frustración y el ridículo (en otras palabras: una “vida de perros”).

Eduardo Borrero Vargas nos tiene acostumbrados a lo desacostumbrado, pues: cada obra suya nos trae una desconcertante y feliz sorpresa: ficción de largo aliento (novela), minificción, poesía, cuento, y esta vez… bueno, esta vez un género que tiene mucho de relato, pero al que yo me atrevería a calificarlo como apuntes o anotaciones acerca de lo que serían algo así como objetos grotescos de estudio en una sociedad que está “patas arriba”. Escritura, la de Eduardo Borrero, alucinante y apasionante, y –repito-: para quedarnos estupefactos. Buena literatura. ¡Léanla!

Bernardo Rafael Álvarez

Artículo publicado en la revista El Tallán Informa, edición 133 marzo 2020)

jueves, 10 de diciembre de 2020

Marlon y su vida de perros

Marlon Obregón llegó a España una década atrás, en un vuelo de Iberia. En su desaliñada maleta, adquirida de un cachinero, llevaba solo dos mudas de ropa y papel ajado, para darle una aparente llenura.

El asustado Marlon cuidaba su pasaporte nuevo con tal celo que, en el vuelo de Lima con escalas técnicas en Guayaquil, Miami y San Juan, no lo soltaba ni para ir al baño. Le había costado meses de trabajo y paciencia, levantándose a las seis de la mañana para obtenerlo; y otros meses más haciendo cola en la Embajada de España para que lo sellaran con la visa respectiva. Y no sería un descuido el que lo haría aparecer en manos de los roba pasaportes, advertencia que le habían hecho sus amigos de Surquillo, en la pollada cuyos fondos le permitirían adquirir unos cuantos dólares y sobrevivir un par de semanas en Madrid; porque, ya estando en el lugar, conseguiría por iniciativa propia lo que precisara. 

A partir de ese momento crucial, bajaría al infierno, no al de las llamas eternas sino al de las llamas crujientes, incompatibles con los vacíos estomacales. Pero él, fiel a sus sueños de llegar a ser escritor de cuentos contables, aceptaría con hidalguía este tormento, emulando, según su descalabrada mente, a quienes habían optado por ese camino hasta ser reconocidos como valederos hombres de letras. Tal como le habían aconsejado los amigos limeños, fue un infaltable visitante del parque El Retiro. Allí conoció a la crema y nata de los marginados de los barrios de Lima; no era raro verlo en polladas, parrilladas, cantando huaynos, ayudando a vender baratijas; y como amigo de dibujantes al paso; y de uno en especial, Juaneco, el tetrapléjico que pintaba sobre vidrio, siempre que hubiera quien le ayudara a ponerle el pincel en la boca y los potes de colores a una distancia prudencial.

Viendo que sus pequeños ahorros iban en merma, según pasaban los días, empezó a inquietarse. Y el qué será de mí le comenzó a martillar el cerebro con fiereza inusitada. Como los milagros caen de improviso, sin saber las razones por las que ocurren, a él se le presentaría en la forma de una anciana empeñada en que su pequeño perro de raza imprecisa hiciera sus necesidades corporales al pie de un árbol de la transitada Gran Vía. Presuroso, se acercó a la anciana y le ofreció sus servicios. Parece ser que ese mediodía del caluroso julio madrileño, el animalito, hastiado de los sofocos y de las presiones de su anciana ama, se dejó llevar por la mano del casi desfalleciente escritor en ciernes. Sin analizar el porqué de las actitudes del animal, lo tiró delicadamente del collar y le dio un par de vueltas por la cuadra. A los pocos minutos, regresaron al arbolito de la negación, donde el animalito, libre de acosos, se acomodó mansamente y depositó su encargo fecal. Maravillada la anciana, con inusitada ligereza para su edad, le alcanzó una bolsita de plástico. Marlon Obregón, sin proferir palabra alguna y con un movimiento de manos de prestidigitador de circo, recogió el encargo, para luego depositarlo en el tacho rotulado: Depósitos Orgánicos.

Esa anciana sería el primer cliente de la futura profesión que lo salvaría de las hambrunas consuetudinarias y que, también, le daría los espacios necesarios para visitar bibliotecas e ir entretejiendo historias, que hacía tiempo le daban vuelta por su productiva mente. Así es que se hizo un horario para manipular ocho perros, cubriendo los siete días de la semana, a quienes los apodó según su postura perruna. Al de las ocho de la mañana, por andariego, lo nombró Ulises; al de las nueve, doctor Fausto, por su impronta demoníaca; al de las diez, Narciso, por sus andares refinados; al de las once, Crimen y Castigo, por atormentado; al de las dos de la tarde, Absalón, por torturador; al de las tres, Guerra y Paz, por pleitisto; al de las cuatro, Metamorfosis, por su cuerpo de cucaracha; y por último, al de las cinco lo llamó Cuentos, por su temperamento cambiante. Entre las mañanas y las tardes se había dejado dos horas libres, para sus aseos y sus refrigerios.

Era evidente que el futuro escritor, inteligente como era, había relacionado el nombre de los perros a su cuidado con el de los autores que uno de sus amigos, eterno estudiante de literatura de una conocida universidad limeña, le había anotado de puño y letra en un papel; y que él, para que no se le extraviara tan valioso tesoro, había claveteado en una de las paredes de su diminuto departamento ubicado por los extramuros de Madrid. Tales autores en secuencia eran: Joyce, Mann, Wilde, Dostoievski, Faulkner, Tolstoi, Kafka y Chéjov. Los años han pasado y sigue empecinado en leer los mismos autores. Sin embargo, parece ser que su cerebro está a la deriva, por mezclar las lecturas de los maestros de la narrativa con la de los de autores de libros de adiestramiento de perros. Como es deducible, más vive pendiente de su glosario de comandos perrunos. Ya no conversa, sino que ladra. Y sus dedos, convertidos en garras, rasguñan historias de largo aliento.

Luego de su labor diaria de adiestrador de perros, sale a visitar las grandes editoriales. Toca puertas, ventanas, y hasta ha intentado colarse por los techos. Pero al socavado Marlon Obregón nadie le abre las puertas.

Una vez, un directivo de esas editoriales, que por casualidad se había hecho tarde en su oficina, le dio alcance. Al desdichado Marlon se le reviró el corazón de alegría, pensando que al fin se le abrirían las cortinas de las oportunidades. Aminoró la marcha. Y sin voltear a mirarlo, le preguntó:

— ¿Tiene interés en mis historias?

— ¿De qué historias me habla? Lo busco para que adiestre a mi mascota.

Marlon se tragó sus inquietudes y retomó su marcha, más silencioso que nunca.  El pobre ya no piensa como humano, sino como un apacible narrador canino.

Eduardo Borrero Vargas. Derechos reservados.
Artículo publicado en la revista El Tallán Informa, edición 133 marzo 2020.