jueves, 25 de marzo de 2021
Fragmento del cuento tallán "El lagarto de oro"
lunes, 15 de marzo de 2021
Lilian Houghton Hidalgo
Mujeres en lucha... Poeta de luces y sombras
Lilian Houghton Hidalgo, nos tiene acostumbrados a sus escritos y poemas dulces, que nos va regalando en los diarios de Piura. En su poemario, ella es luz y sombra a la vez. No puede escapar de su destino de mujer, marcado por el amor a los niños. Es a la vez educadora, madre y mujer, defendiendo sus espacios en un mundo donde la mujer debe luchar con denuedo para ser oída y vista. Por eso, sospecho, que con maestría ha escogido acertadamente el título de su primer poemario, en formato tradicional. Lilian, tienes un largo camino por recorrer, por los meandros de los versos que a veces tan ingratos, toman cursos inesperados. En fin, Lilian, tienes el sentimiento que nace de la misma raíz de tu alma. Eres bienvenida a la magia de la concordancia de las letras.
Eduardo
Borrero VargasLima,
viernes 03 de enero del 2020Derechos
reservados.
Eduardo
Borrero VargasLima,
viernes 03 de enero del 2020Derechos
reservados.
viernes, 5 de marzo de 2021
Museo Sullana: Museo Tallán
A las personas como el
Dr. Luis Cruz Merino, se les respeta. Y se les debe ubicar en el sitial que se
merecen. Se graduó de médico cirujano, en la facultad de Medicina San Fernando
de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Obtuvo el Doctorado de Medicina
en el año 1962 y el de Master en Ciencia de la Salud, en la Universidad
Roosevelt, Doctorado de Chicago USA. ¿Y cuantos reconocimientos más tendrá, que
solo sus hijas los conocen?
Lo conocí en su amplitud
profesional y humana, en la gran unidad escolar “Carlos Augusto Salaverry”. En
ese lugar donde nos guiaba con sus cursos: introducción a la psicología e introducción
a la filosofía. Dejé de verlo durante años, pero él no dejó de visitar a mi
hermano Víctor. Así era él y así lo tengo dibujado en mi mente. Antes de su
fallecimiento, fuimos a su casa y sobre este encuentro escribí esta pequeña
reseña:
Lucho: un hombre que
no ha podido irse
“Es mi deseo recordar
al Dr. Luis Cruz Merino, no por sus merecidísimos triunfos en la medicina, sino
como el amigo que desbordaba esa sencillez y humanidad que iba depositando paso
a paso en sus largos recorridos por las añosas calles de Sullana. Nos rasga el
corazón concientizarnos que ya no veremos más su larguirucha figura recortada
por las areniscas llegadas del desierto, o por el sol gesticulante, o por las
lluvias hablantinas mojadoras de los grandes espíritus. Su sombra intemporal ha
cubierto a Sullana, como una luz tenue, desprendida del valle de los eternos
fluidos.
Lucho, le gustaba que
así lo llamaran los jóvenes y alumnos del colegio “Carlos Augusto Salaverry”,
donde ejerció la docencia por largos y fructíferos años. Generaciones te
recordarán como un hito a alcanzar. Lucho, así serás recordado, como lo oyes
allá en tu espacio etéreo, en este pequeño recuento de lo que representas para
nosotros, en el que ya las cronologías y mediciones de los tiempos temporales
han sido derrumbadas.
¿Cómo no recordar las
visitas solidarias que le hacías a mi hermano, Víctor Borrero Vargas, atacado
por sus dolencias cardíacas, y que hasta hoy mismo, entre los entresijos de la
parra milenaria y su piso rojo, aún fluyen sus voces? ¿O cuando con la grandeza
de un ser iluminado nos diste la clase magistral del recuerdo en nuestras Bodas
de Oro? ¿O cuando te visitamos en tu hogar, con Raúl Vences Lizano y Manuel
Cardoza Adrianzén, nos regalaste tu niñez, tomando entre tus brazos lo poco que
teníamos a la mano: un ejemplar de mi novela “Tras las huellas del Capitán
Peche Pereche”? ¡No amigo Lucho, eso no se olvida!
En tu perpetuo
descanso, se oirán oraciones, que como silencios hablados y cantados irán
cabalgando en los vientos de los ecos de aquel 30 de mayo que te llevaron a
vivir a la mansión de la eternidad, sitio donde los hombres justos son bien
recibidos. Y a tus hijos, que te amaron tanto, solo les podríamos decir:
déjenlo que siga siendo como es, natural y espontáneo. ¡Dios será su amigo!
Dr. Luis Cruz Merino:
Goce su infinidad, se la tiene bien ganada.
Desgraciadamente, en
Sullana, hay un historiador irrespetuoso que trata de mellar la imagen de un
gran personaje. Este historiador que ese lugar llama museo es un cascarón donde
no hay nada. No sé si la persona que dirige este museo es consciente de lo que
tiene en sus manos. Pero debería dar un paso al costado y rebautizarlo como
MUSEO TALLAN. Y al Dr. Luis Cruz Merino, buscarle un sitio donde colocar su busto
(Hospital, clínica, parque…etc.) por haber sido el gran médico que dio su vida
y conocimientos a nuestra querida Sullana.
martes, 19 de enero de 2021
Dedicatoria a Jacinto Vargas Ladines
Un grano de arena es parte de una roca
y una roca es parte de una montaña. Así, desde mi perspectiva ya lejana, veo al
abuelo Jacinto Vargas Ladines como montaña gigantesca de miles de brazos
peleándose por convertir a Sullana en un pueblo urbanísticamente habitable. La
obsesión de Jacinto Vargas Ladines (de aquí en adelante lo llamaré así) era
pelearle el protagonismo a Piura y lograr que Sullana sea la capital
departamental. Desde niño escuche en las tertulias familiares ese afán: Si don
Augusto B. Leguía no cae Sullana sería la capital de Piura. Lamentablemente los
coletazos de la historia o efectos mariposa a veces no son favorables para el
desarrollo de los pueblos.
Jacinto Vargas Ladines, un quinquenio (1925 al año 1930) estuvo al frente del Concejo Provincial de Sullana. Gracias a su acertada política tributaria ejecutó importantes obras públicas logró que Sullana ingrese a la modernidad: la Plaza de Armas y la calle San Martín fueron pavimentadas y las calles fueron señalizadas, nuevos contratos con la Empresa de Agua Potable y con la Empresa Eléctrica aseguraron por diez años más la regularidad de estos servicios. Estas tomas de decisiones acertadas permitieron, indudablemente, que Sullana fuera vista como un importante polo de desarrollo.
Su mentalidad empresarial forjada en
la casa F. Hilbck & Cia., le permitió ver no solo a Sullana como un pueblo
urbano aislado, en medio de un arenal, sino que su riqueza estaba en el valle
del Chira. Es así, que la debacle de las lluvias torrenciales del año 1925, en
que pueblos y caseríos y canales de regadío del valle del Chira quedaron
destrozados, no lo desmoralizaron y con la ayuda del presidente Leguía en un
quinquenio de duro trabajo y fiscalización logró levantar Sullana ante el
asombro de todos. En su discurso pronunciado en el año 1926 ya sostenía lo
siguiente: …"su progreso agrícola, que será en el futuro la superación del
standard de vida de la población de Sullana".
![]() |
Abuela, María Antonieta Quevedo Saavedra 17/01/1881 - 21/04/1935 |
Para finalizar este pequeño
recordatorio, debo resaltar, que nosotros sus descendientes podemos regresar a
nuestro querido pueblo y mirar a los sullaneros a los ojos y con la frente en
alto. La honestidad no es una virtud es una obligación.
viernes, 15 de enero de 2021
Víctor: la vida en dos dimensiones
Alguna vez tenía que
enfrentarme a esta situación. Y es que escribir testimonios de vida o muerte no
es tarea fácil, pues este acto alcanza y toca los sentimientos humanos más
hondos. Y, además de demandarnos una capacidad de síntesis para comprimir el
tiempo en unas cuantas hojas, la tarea más difícil radica en el hecho de
trabajar en dos dimensiones. Como colegirán, estoy frente a un reto casi
imposible, como el querer rascarse la cabeza con una sin dedos. Pero abordaré
con lucidez esta aventura.
Dios nos dio vida, y la
dosificó a cuentagotas. Porque para la creación usó la “obsolescencia
programada”, término aplicado en la fabricación de máquinas o artefactos
eléctricos. En pocas palabras, nuestro genuino armatoste psicosomático viene
con esa marca indeleble pegada a nuestro cuello. El hombre no puede eludir ese
designio: nacer y morir. Las grandes desazones vienen de esa certeza: el hombre
en su empeño de eternizarse, reniega de su situación, acusando vacíos o los que
los especialistas en Psicología llaman desequilibrios o trasvases mentales.
El punto más admirable de
mi hermano Víctor –“Mecho”, al interior del seno familiar y para sus amigos- es
que aceptó con humildad y entereza su destino: el de alejarse irremediablemente
de nosotros en pleno ejercicio de sus facultades creadoras. ¿Cuántos proyectos
maduros refulgían en su interior? Nunca lo sabremos. Solo somos testigos que,
días antes de su partida, gozaba alucinando y escribiendo sobre hojas en
blanco, cuentos, y novelas guardadas celosamente dentro de su mente,
incontables y extraños personajes liberados de quien sabe qué rincón de su
memoria.
“Mecho” era el engreído de
la familia, y fue el hermano que compartió los últimos de vida de nuestros
padres. Curioso sin remedio, viajero incansable, lector indesmayable,
propiciador de prolongadas tertulias, de memoria prodigiosa, era, además,
generosos en sus actos. Y, sobre todo, de una imaginación libre, como los
pájaros que vuelan sobre las ramas del viento hasta posarse más allá de la
línea del horizonte. ¿Cómo no recordar a mi hermano, si en el fondo era un niño
tímido con un lapicero en la mano?
Hemos compartido muchas
vivencias: las mismas pensiones, la misma universidad y nuestros amigos; el
amor por los caballos y las mulas, nuestra afición por la cacería, las fogatas
en el campo, nuestro temor al Cerro del Viento plantado como un vigía solitario
en el corazón de El Angolo, los mismos fantasmas y duendes escurridizos que se
esconden detrás de los ceibos y de los charanes, conocedores estos del lenguaje
nocturno y el andar lento de los bosques secos, el silbido del ave de la
medianoche, el rugir del puma, el reptar del macanche y el conversar cadencioso
de la gente del campo.
Por boca de nuestro padre
conocimos los nombres de los últimos bandoleros que asolaron la región norte y
el nombre de cada una de las quebradas y cerrerías de la frontera. Y aprendimos
a auscultar el cielo para pronosticar si ese día o el siguiente, o la próxima
semana, o el próximo año, serían lluviosos. Cómo no recordar ese día, demasiado
extraño, en que nos enseñaba cómo el arrebiatado manchaba la albura del
algodón; aquel día sin saber por qué, nos vimos de pronto envueltos en motas de
algodón que caían del cielo como nieve desprendida de un cielo despejado.
Nuestra madre, devoradora
de libros, por las noches nos contaba cuentos de aparecidos, de lechuzas
cortadoras de almas, de mujeres vaporosas y de duendes desalmados.
Nuestras expediciones al
Ecuador, preparadas meticulosamente por nuestro padre, servían para acicatear
nuestra imaginación de niños: una res vagando solitaria por esos campos se
multiplicaba hasta ser un millar; una choza retorcida se transmutaba en un
magnífico castillo medieval; y un jinete solitario, montado en un jamelgo, en
un avispado comisario impartiendo justicia. A lo lejos, pasando el río Macará,
divisábamos El Tamarindo, donde los tíos nos esperaban con suculentos
bocadillos. Dos años antes de la partida de “Mecho”, regresamos a Macará
invitados por Pedro Quito, Presidente Municipal, a develar una fotografía del
tío Segundo Borrero Riofrío, quien fuera Presidente Municipal el año 1938. En
la ceremonia Víctor fue invitado a tomar la palabra. Habló con serenidad y con
palabras asertivas logró, milagrosamente, desterrar esa desconfianza que, por
razones infundadas, alteran nuestra convivencia vecinal. Regresamos a Sullana
al anochecer. Víctor entró en sopor y ladeó la cabeza hacia el lado izquierdo.
En medio de la oscuridad que nos iba cayendo, lo vi perfilado y lo acaricié con
los dedos del alma. Mi hermano ya mostraba signos de fatiga.
Desde esa vez, atento a
los hechos, me habitué a los viajes: cada tres o cuatro meses estaba junto a
él, sentado bajo la parra de la vieja casa familiar, analizando centímetro por
centímetro cada uno de sus misteriosos rincones. Por ese lado – me dijo
señalando un rincón del patio- hay tres agujeros sin fondo, y de cada agujero
salen ruidos diferentes: en el primero como el de niños balbuceando; en el
segundo, como el de niños correteando; en el tercero, como el de adultos en
trance hacia la muerte. ¿Cuál de los tres agujeros es más conveniente para un
cuerpo cansado? Me fue imposible responder. Me quedé callado y nuevamente, al
voltear, me encontré con su perfil cada vez mejor tallado.
Un martes 25 de noviembre
del 2008 llegué a Piura. Mi hermano Humberto me esperaba en el terminal
terrestre. Con el alma a cuestas y con el corazón destrozado, di un paso
adelante y le dije: Falleció bordeando la una de la mañana. Extrañado, me
preguntó: ¿Cómo lo sabes? Le respondí: Porque a esa hora se sentó junto a mí y
me rogó que le recitara uno de mis poemas:
En el borde del desierto, contesté
¿Te crees Jesucristo, entonces?
¡No, sólo soy un simple hombre!
¿Y qué es lo que pretendes encontrar?
Una tinaja y una piedra de destilar
¿Y eso?
¡Ahí nos encontraremos mis padres y mis hermanos!
¡Pero, qué locura!
¡No es el renacer!
Mi
hermano Humberto, aún guarda la hoja en la que esa madrugada escribí ese pequeño
poema que más tarde titularía “El Desierto”. En el año 2009 fue incluido en mi
obra Alma del Norte.
martes, 12 de enero de 2021
Solmar
Solmar nació junto al mar, pero olía a vainilla. Y yo no
quería importunarla con preguntas sobre esta peculiaridad, temeroso de que me
diera una respuesta salida de tono de las que normalmente utilizaba cuando no
quería dar razón de algo relacionado a su personalidad. Un día, mientras ella
dormía acurrucada en su cama, me atreví a probarla y le pasé la punta de mi
lengua sobre su piel cálida para descubrir cuál era su secreto. Mi razón lógica
se inclinaba a que, si una persona olía a vainilla, su piel indefectiblemente
debería tener un sabor dulzaino. En medio de estas dudas -de que si se
despierta o no se despierta- acerqué mis labios a su piel y la probé con la
punta de la lengua; dos veces, para estar completamente seguro de su sabor.
Gracias a Dios, que Solmar siguió profundamente dormida y
yo a su costado la miraba desconcertado, al constatar que mis teorías se
derrumbaban: el sabor de ella era agrio como la cáscara de las naranjas agrias
que usaba en su repostería. Retrocedí a mi cuarto y en la penumbra traté de
hacer memoria: ¿Desde cuándo se le dio por la repostería?, si su madre la dejó
pequeña, hará unos siete años atrás, en ese accidente en que el avión se fue de
narices en la pista de aterrizaje. Desde ese día fui padre y madre. Aprendió a
leer rápidamente y todos los días la llevaba y la recogía del colegio. La quise
convencer para contratar la movilidad escolar pero no quiso, por más argumentos
empleados, válidos o tirados de los pelos.
Un día, de regreso del colegio, me comentó con toda
naturalidad: tengo secretos que contarte, pero mi mamá me dice que esos
secretos solo son entre ella y yo. No lo tomes a mal, ya la convenceré para que
tú también los compartas, ¿qué te parece, papi? Y de ahí hasta llegar a la
casa, cantó canciones que él nunca antes había escuchado. El comentario vertido
por Solmar no lo inmutó. Él sabía que la imaginación infantil es de por sí
desbordante. De niño, él también creaba personajes, juegos solitarios, hablaba
con amiguitos salidos de los rincones de la noche, enanos, ciudades flotantes y
mares que llegaban a los confines de la tierra. No le contestó nada, esperando
que ella tuviera más edad para confesarle que la entendía, porque él también
había sido hijo único.
Solmar, un día, después de cenar, me pidió: mañana por la
noche, cuando ya esté dormida ven a mi dormitorio y hablaremos con mamá. Cumplí
sus deseos y ahí estuve. La vi dormida, le cogí las manos y el tiempo discurrió
a borbotones entre sus dedos. Visité, como cuando era niño, mundos paralelos y
entre ellos el transitar de tantas figuras familiares. Por momentos, dudaba en
soltar sus manos o seguir aferrado a ellas, para continuar gozando de esos
mundos tan lejanos y tan cercanos a la vez. Conmocionado, me levanté, arropé a
Solmar y fui a tratar de conciliar el sueño; para mis adentros, pensé: mañana
será un día sobrecargado.
Al día siguiente, logró levantarse a tiempo. Dejó a Solmar
en el colegio y apresurado tomó la línea de ómnibus que lo dejaba a una cuadra
del trabajo. Ya al atardecer, al ingresar a casa, se vio a sí mismo sentado en
la mesa del comedor con Solmar y atónito se preguntó cómo es que se había
podido desdoblar en dos. De pronto, su memoria, que lo había abandonado,
decidió regresar por sí sola. Recordó que él ya tenía noventa y cinco años, que
era un viejo que apenas podía valerse por sí solo, y que su memoria regresiva
le había puesto en ese aprieto. ¿Cómo explicarse, a su edad avanzada, esa
superposición de dos tiempos paralelos en uno solo?
No quiso romper esa magia y los dejó hablar. Entonces
escuchó que su hija Solmar, muerta hacía quince años, le decía: ya ves papi,
¿qué te parecen los secretos que guardo con mi mami? Pronto los compartiremos.
Y en esos momentos, desesperado, quiso acordarse del nombre de su esposa, el de
él y del porqué Solmar olía a vainilla, antes que la memoria se le fugara.
Forzó su memoria y el cerebro nuevamente se le fue enmarañando. Sigue sentado
en un hospital, cuyos ventanales van a dar al mar y las olas batientes despiden
un agradable olor a vainilla.
lunes, 11 de enero de 2021
Allcco: El perro vindicador de Víctor Borrero Vargas.
Víctor
Borrero Vargas con el cuento “Allcco” se hizo merecedor de una mención
finalista en el último Premio Copé de Cuento en su versión XIV. El cuento
(redactado bajo la forma textual de un informe colonial) está ambientado en el
siglo XVI. El diestro tratamiento del lenguaje que instrumenta el escritor
(remontando, de modo eficiente, la natural resistencia y extrañeza lectora al
respecto) recrea, dentro del universo cuentístico, la mentalidad teocrática
sustentadora del contexto histórico donde se desarrollan los sucesos
notificados por el funcionario Juan de Malatesta a su señoría el alcalde de
Trujillo, don Diego de Mora.
![]() |
| Víctor Borrero Vargas y su cuento "Allcco" |
Uno de
los rasgos estilísticos (recurrentes e inconfundibles) de Víctor Borrero Vargas
es la truculencia naturalista, esto es, la sórdida exacerbación de las
realidades: Y es “El Bobo”, perro del avaro encomendero Melchor Verdugo, el
demonio mismo encarnado en ese can de fierísimo aspecto que cometía fealdades
aborrecibles, yogando con las mujeres de dichos indios que, expoliados y
degradados trabajaban en las minas y sembradíos de Chilete y Bambamarca.
Víctor
Borrero Vargas ya desde la nominación de sus personajes nos arroja la
intencionalidad de su literatura: Revelar y ridiculizar a los desalmados
explotadores de siempre. Es indudable entonces el tono vindicativo y
antirreligioso de sus enunciaciones: El fraile del cuento conjuntamente con
Melchor Verdugo –Cavallero de la Orden de Santiago- ocasionaban crueldades
contra el pueblo aborigen, alentando que el dicho perro “El Bobo” aperree y
viole contra natura a los indios e indias. Sin embargo, Allcco, el perro del
curaca Tantahuata (al que “El Bobo”, de manera inmisericorde, mató un hijo) es
el que toma venganza y redime discursivamente a la viril raza inca: su dicho
perro e lo encontró en una posición de bajada, como hecho de aposta, mientras
el dicho perro allcco del dicho curaca Tantahuata, lo yogaba con facilidad,
hasta anudarse, e de ahí vido al monstruo de dos cabezas e ocho patas, e el
dicho perro “El Bobo” se colocaba mansamente como perra en celo ante el dicho
perro allcco, e esto lo venía haciendo desde que el dicho curaca Tantahuata
regresó de la cibdad de Truxillo, donde, ya lo tengo dicho, fue a pedir a su
señoría se le haga justicia… Los dichos indios de Bambamarca regaron la
noticia, que el dicho perro allcco del dicho curaca Tantahuata había hecho
sarasa al dicho perro “El Bobo”, e que mejor venganza no pudo haberse servido
el dicho curaca Tantahuata, e si el dicho perro “El Bobo” era sarasa, lo era
también por añadidura su amo el dicho Melchor Verdugo, al que empezaron a
llamar Melchor Verdugo el sarasa.
Esta consagratoria mención finalista de Víctor Borrero Vargas no ha sido, convenientemente, difundida por los medios periodísticos y literarios (sólo el grupo literario “Magenta”, acogiendo esta grata noticia, publicó el cuento en su boletín), lo que nos induce a suscribir –finalmente- lo que sentenció alguna vez el escritor: Es que hay, estimado Ricardo, un complot de silencio orquestado y dirigido por un grupúsculo que solamente escribe literatura “For dummies” y que nos está tomando, impunemente, el pelo.
domingo, 10 de enero de 2021
Entre majados y secos de chavelo
En
mi artículo anterior, titulado la “Cachema aculantrada y otros potajes”, el
tema de los otros potajes quedó a la espera de nuevas oportunidades. Comprendí
que, como cada plato tiene su propia enjundia y vida propia, era necesario
darles merecidamente su espacio e importancia. En una región determinada, cada
plato es expresión sublime de amor y conocimiento de los paladares. Sin ese
principio, la comida sería uniformada; y estaríamos condenados, como otros
países que, muchas veces por razones políticas, así lo así lo hacen. Ya lo he
dicho y lo sostengo: que la riqueza y variedad en la comida es dable solo en
pueblos con una tradición ancestral. Y que esta pasión expresa por las comidas
elaboradas con fórmulas magistrales vendría a ser como el sumun culinario de la
libertad. Debemos dar gracias a Dios que nos dotó de sentidos sublimes que nos
permiten distinguir las propiedades organolépticas de los alimentos: color,
tamaño, aroma y sabor. Gracias a estas virtudes el hombre logró clasificar lo
que la naturaleza nos ofrecía y utilizar estos recursos con sapiencia en el
arte culinario. Así tenemos en la actualidad compendios de recetas, glosario de
palabras gastronómicas e íconos de cocina para todos los gustos. Cada uno con
sus características propias y consejos de los gourmet que refrendan los libros,
adecuándolos apropiadamente para obtener mezclas de sabores y olores que ya
rayan en lo fantástico. Definitivamente, la cocinería es un universo aparte en
la actualidad.
Sin
embargo, estos compendios no nos garantizan que las recetas ahí escritas, acompañadas
con fotos de los respectivos platos al costado, las podamos duplicar con la
facilidad que quisieran los autores de estos libros especializados.
Principalmente porque los sabores y los olores, al ser subjetivos, no se pueden
graficar. Tampoco seamos ligeros y nos arrimemos a posiciones tontas o
descabelladas, como la locura extrema de no aceptar que estos compendios de
cocinería sean útiles y ayudas importantes en la difusión de los platos
regionales en los hogares del Perú y del mundo. Al final de cuentas, el ama de
casa, con su experiencia en el arte culinario, les dará a esas recetas el punto
y el sabor deseado. Dejo bien en claro, siempre es bueno aclarar, que no soy
enemigo de los compendios de cocinería; al contrario, me gustan cuando la composición
gráfica es de alto nivel. ¡No y no!, habría que responderles a aquellos que
todo lo ven en forma negativa. El camino que yo he optado no es para andar refutando
a los expertos en la cocinería -les confieso con la mano en el pecho que no se
freír ni un huevo-: es para abrirle la conciencia a los que manejan esta
eclosión de la industria gastronómica peruana. Pero démosle los respiros necesarios
para sus reacomodos, no los apuremos, que se vayan adaptando con naturalidad a
los nuevos conceptos de manejo social. Estoy convencido que con el tiempo
entenderán que la reciprocidad es el mejor mecanismo para interactuar en el
mundo de la alta cocina; o, de lo contrario, los mercantilistas de la cocina se
hundirán con sus ollas y cucharones al fondo del olvido, y serán reemplazados
por elementos jóvenes, de ideas y conceptos en los que prime la inclusión
social. En esta vida es loable asumir compromisos, y el compromiso de
transferencia de tecnología sería el principal medio para compensar los réditos
obtenidos en la compra de una ambicionada receta de cocina. Bueno es
refregarles en su conciencia que la cocinería en el norte siempre será un campo
de exploración. Es ahí, en ese rincón, dónde las manos mágicas nacen
espontáneamente.
En fin, al estar los conceptos de transferencia tecnológica bien definidos, creo que solo nos restaría compatibilizar las palabras o modismos utilizados en ese mundo tan aparte e íntimo, de mudos misterios, de tiempos pausados, de magias ocultas, de vapores vivos, de hervores periféricos, de cucharones de madera eterna, de revoltijos de hierbas aromáticas de quien sabe qué lugar, en el que los paladares benditos de nuestras cocineras o de los maestros cocineros -para que no se enojen- deciden cuando el plato está ya a punto de ser servido a la mesa donde algún comensal se saciará hasta chuparse los dedos. Esa terminología norteña, desperdigada por ahora, rara para quienes no están inmersos en las cuatro paredes de una cocina, debería engrosar los llamados Glosarios de Cocinería, que tengo entendido, ya circulan por las librerías de Lima.
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| Seco de chavelo |
Ustedes,
estimados amigos, siendo tan despiertos, seguramente que hace rato ya se habrán
dado cuenta que me he alejado de mi objetivo medular, que es el tratar de
deslindar, de una vez por todas, el majado de plátano al estilo sullanero del
seco de chavelo piurano; ambos, por si acaso, se preparan con el plátano
hartón. La preparación del primer plato es muy sencilla: la receta nos revela
un origen humilde, puede ser, pero que para nosotros no nos va ni nos viene,
porque su sabor delicioso nos eleva al sumun del arrebato y la satisfacción; y
si lo mezclamos con arroz bien graneado y concolón, para qué pedir mas cosas a
la vida, si en esa mezcla, además de maravillosa, resulta un alimento saciante
o un matahambres atrasadas.
En
el mes de julio pasado que estuve por Sullana y visité huariques “de marca”,
como se dice en nuestro pueblo, y hubiesen visto mis grandes discusiones con
los mozos y los dueños de los locales: ¡Oiga -les pedía- sírvame una fuente de
majado de plátano! Y los muy desorientados clamaban a plena voz: ¡Una fuente de
seco de chavelo para la mesa que da a la puerta de entrada! Y yo, desde mi
mesa, reclamando: ¡Quiero una fuente de majado de plátano al estilo Paulina! ¿Y
quién es la Paulina?, me preguntaron en varios locales. ¡No lo sé!, les
contesté molesto. Felizmente, en toda aventura culinaria siempre hay alguien
que trae la calma; ese alguien recordó que su abuelita Hermenegilda le
preparaba este plato y él, raudo, entró a la cocina y a los pocos minutos puso
el ansiado plato sobre la mesa. Lo primero que hice, previas disculpas por mi
atrevimiento, es colocar la fuente bajo mis narices y sus vapores tibios me
llenaron de recuerdos de mi niñez y de mi juventud, de mis abuelos, padres,
tíos, hermanos, primos, amigos del colegio y del barrio y de los tantos caminos
recorridos por las chicherías “De marca”, como antiguamente se les conocía, y
reconocidas en mí tiempo: “¨La burra amarrada”, “La calzón con hueco”, “El
borrado”, “La cajón de muerto”, “El celoso”, “La rompe buque”, “Cholo Jesús”, “La
china Paula”, “La Baldomera”, “El cholo Villegas”, “La Coloma” y otros que ya
se han escabullido de mi memoria. En esos momentos gloriosos valoré la astucia
y las técnicas detectivescas del detective ratón Mickey para atrapar a Pedro el
Malo usando los olores emanados de la cocina de la abuelita; por supuesto que
el incorregible amigo de lo ajeno, sin entender la trampa tendida, caía
mansamente como mosca en la miel. Y es que en ese segundo crucial el instinto
perverso de Pedro el Malo era remplazado por el instinto de hogar, impulsos
extraños o recuerdos latentes que irrumpen de pronto y por los cuales el ser
humano regresa a sus orígenes. Seguramente que ese fenómeno, difícil de
explicar, se posesionó en mi cabeza: el síndrome de Pedro el Malo había
intervenido silenciosamente y me perdí entre los humos de las añoranzas,
recuerdos y olores familiares. A veces los comics engloban realidades. Mis acompañantes
de mesa me obligaron a aterrizar con un destemplado; ¡Oye, suelta el
plato!
No
crean que ésta historia finaliza aquí: seguiré batallando para que este plato,
de aquí en adelante se le llame majado de plátano sullanero. Desde
luego que esto no es ir contra la corriente culinaria o andar ninguneando
platos, esa no es mi forma de ser, sino la de rescatar platos en peligro de
desaparecer; ojo, que en las mesas hay lugar para todos los gustos. El escribir
este artículo no me ha sido fácil: para encontrar las diferencias entre estos
platos he tenido que recurrir a dos expertas en el arte culinario norteño: Sra.
Zoilita Aída León Varillas y Sra. Marthita León Hurtado. No les voy a
proporcionar las recetas: secretos son secretos, y a mi me gusta guardarlos bajo
cinco llaves. Así es, mis amigos gourmets, sigan trabajando, no desmayen en su
empeño, que las fórmulas mágicas flotan a sus alrededores. Para terminar, solo
faltaría la preguntita de rigor:
- Oigan, señores “cordon bleu”, ¿y el majadito
de plátano sullanero?
martes, 15 de diciembre de 2020
Literatura alucinante y apasionante la de Eduardo Borrero Vargas
(Prólogo por Bernardo Rafael Álvarez)
Podrán decirse muchas cosas y, de hecho, se dicen, pero yo creo que –básicamente- la literatura tiene un propósito: generar, digamos, una respuesta estética en el lector. Y, así, cuando comenzamos a (o terminamos de) leer un cuento, un poema, una novela, diremos: “¡qué lindo!” o “¡qué horrible!” o, quién sabe, “¡qué sublime!”; o nos quedaremos estupefactos, o sentiremos paz interior o acaso nos invada un sentimiento de dolor o de indignación por las cosas que encontramos dichas en el texto leído. Porque, como sabemos, cuando se habla de estética no se alude únicamente a las cosas bellas.
Pero, claro, es posible
que el propósito del escritor no sea siempre ese, que sea –por ejemplo- hacer que
su obra sea un testimonio (como creyó haberlo logrado Arguedas con su novela Todas
las sangres: “Si no es un testimonio, entonces yo he vivido por gusto, he
vivido en vano, o no he vivido. ¡No! Yo he mostrado lo que he vivido…”). Es que
no existe –hay que saberlo- norma, ley o precepto, de ninguna índole, que
disponga o mande al respecto. Nada ni nadie tiene autoridad para decirle al
escritor: “tu literatura tiene que ser para esto o para lo otro”. La libertad
se impone en este terreno. Y esto -estoy convencido- lo sabe Eduardo Borrero
Vargas, autor del libro que aquí se presenta.
Por ello es que cada una
de sus producciones literarias tiene una particular característica o cualidad.
Hace algún tiempo comenté un libro suyo (Del misterio y otros abismos) y dije
que los textos de mini ficción que lo conformaban eran desconcertantes y que, en
cierto modo, tenían alguna familiaridad con lo que es la característica del
teatro de Ionesco: el absurdo. Eso, el desconcierto y el absurdo, creo que
podemos encontrarlo también aquí. Cada escritor –lo he insinuado ya- tiene un
propósito al escribir un texto; creo que el de Borrero ha sido este: dejarnos
estupefactos, y lo ha logrado creando en este libro unos personajes cuyas
personalidades, paradójicamente, son tan comunes y “normales” y al mismo tiempo
contrahechas y caricaturescas, como, por ejemplo, Ángel Donis (protagonista del
primer texto), jefe de una banda delincuencial que ingresa en la política con
“su oratoria alucinante” y -¡cómo no!- cuenta con “consejeros malhechores”, y
se dispone a “empapelar todo el país” con su propaganda ocasionando “atoro de
desagües” y suciedad en los ríos y el mar; hijo de padres que no fueron realmente
sus padres, y que, convertido en millonario, en “mérito” a sus actividades fuera
de la ley, se perfila, con muchas posibilidades, como un futuro ocupante del
sillón presidencial. Personajes, como él, a quienes podemos, tal vez,
identificar con los que –en la vida diaria- ya conocemos (en la política, en
los centros de trabajo, en la cultura, etc.).
Diría que es el absurdo
-ya “normalizado” e imperante en nuestra realidad- lo que ha llamado la atención
de Borrero, incitándolo a ofrecernos, en este libro, más que cuentos o relatos
complacientes, una suerte de retrato descarnado y sarcástico de una realidad que,
viéndola bien, es realmente dramática. Aquí no hay un Gregorio Samsa
convertido, de la noche a la mañana, en un monstruoso insecto, sino, más bien,
insectos convertidos en unos Gregarios Samsa con apariencias engañosas. ¿No es
eso, acaso, lo que vemos en la política? Yo creo que sí. Repito, el absurdo
“normalizado” (o “legitimado”). Personajes, también, como el que da título al
volumen, Marlon (“…y su vida de perros”): gente que cree que para ser escritor
hay que recurrir –como condición- al “malditismo”, a la “marginalidad”, sin
saber que, así, lo más seguro es la conquista infeliz de la frustración y el
ridículo (en otras palabras: una “vida de perros”).
Eduardo Borrero Vargas nos
tiene acostumbrados a lo desacostumbrado, pues: cada obra suya nos trae una
desconcertante y feliz sorpresa: ficción de largo aliento (novela), minificción,
poesía, cuento, y esta vez… bueno, esta vez un género que tiene mucho de relato,
pero al que yo me atrevería a calificarlo como apuntes o anotaciones acerca de
lo que serían algo así como objetos grotescos de estudio en una sociedad que
está “patas arriba”. Escritura, la de Eduardo Borrero, alucinante y apasionante,
y –repito-: para quedarnos estupefactos. Buena literatura. ¡Léanla!
Bernardo Rafael Álvarez
jueves, 10 de diciembre de 2020
Marlon y su vida de perros
Marlon
Obregón llegó a España una década atrás, en un vuelo de Iberia. En su
desaliñada maleta, adquirida de un cachinero, llevaba solo dos mudas de ropa y
papel ajado, para darle una aparente llenura.
El
asustado Marlon cuidaba su pasaporte nuevo con tal celo que, en el vuelo de
Lima con escalas técnicas en Guayaquil, Miami y San Juan, no lo soltaba ni para
ir al baño. Le había costado meses de trabajo y paciencia, levantándose a las
seis de la mañana para obtenerlo; y otros meses más haciendo cola en la Embajada
de España para que lo sellaran con la visa respectiva. Y no sería un descuido
el que lo haría aparecer en manos de los roba pasaportes, advertencia que le
habían hecho sus amigos de Surquillo, en la pollada cuyos fondos le permitirían
adquirir unos cuantos dólares y sobrevivir un par de semanas en Madrid; porque,
ya estando en el lugar, conseguiría por iniciativa propia lo que precisara.
A
partir de ese momento crucial, bajaría al infierno, no al de las llamas eternas
sino al de las llamas crujientes, incompatibles con los vacíos estomacales.
Pero él, fiel a sus sueños de llegar a ser escritor de cuentos contables,
aceptaría con hidalguía este tormento, emulando, según su descalabrada mente, a
quienes habían optado por ese camino hasta ser reconocidos como valederos
hombres de letras. Tal como le habían aconsejado los amigos limeños, fue un
infaltable visitante del parque El Retiro. Allí conoció a la crema y nata de
los marginados de los barrios de Lima; no era raro verlo en polladas,
parrilladas, cantando huaynos, ayudando a vender baratijas; y como amigo de
dibujantes al paso; y de uno en especial, Juaneco, el tetrapléjico que pintaba sobre vidrio, siempre que hubiera
quien le ayudara a ponerle el pincel en la boca y los potes de colores a una
distancia prudencial.
Viendo
que sus pequeños ahorros iban en merma, según pasaban los días, empezó a
inquietarse. Y el qué será de mí le
comenzó a martillar el cerebro con fiereza inusitada. Como los milagros caen de
improviso, sin saber las razones por las que ocurren, a él se le presentaría en
la forma de una anciana empeñada en que su pequeño perro de raza imprecisa
hiciera sus necesidades corporales al pie de un árbol de la transitada Gran
Vía. Presuroso, se acercó a la anciana y le ofreció sus servicios. Parece ser
que ese mediodía del caluroso julio madrileño, el animalito, hastiado de los
sofocos y de las presiones de su anciana ama, se dejó llevar por la mano del
casi desfalleciente escritor en ciernes. Sin analizar el porqué de las
actitudes del animal, lo tiró delicadamente del collar y le dio un par de
vueltas por la cuadra. A los pocos minutos, regresaron al arbolito de la
negación, donde el animalito, libre de acosos, se acomodó mansamente y depositó
su encargo fecal. Maravillada la anciana, con inusitada ligereza para su edad,
le alcanzó una bolsita de plástico. Marlon Obregón, sin proferir palabra alguna
y con un movimiento de manos de prestidigitador de circo, recogió el encargo,
para luego depositarlo en el tacho rotulado: Depósitos Orgánicos.
Esa
anciana sería el primer cliente de la futura profesión que lo salvaría de las
hambrunas consuetudinarias y que, también, le daría los espacios necesarios
para visitar bibliotecas e ir entretejiendo historias, que hacía tiempo le
daban vuelta por su productiva mente. Así es que se hizo un horario para
manipular ocho perros, cubriendo los siete días de la semana, a quienes los
apodó según su postura perruna. Al de las ocho de la mañana, por andariego, lo
nombró Ulises; al de las nueve, doctor Fausto, por su impronta demoníaca; al de
las diez, Narciso, por sus andares refinados; al de las once, Crimen y Castigo,
por atormentado; al de las dos de la tarde, Absalón, por torturador; al de las
tres, Guerra y Paz, por pleitisto; al de las cuatro, Metamorfosis, por su
cuerpo de cucaracha; y por último, al de las cinco lo llamó Cuentos, por su
temperamento cambiante. Entre las mañanas y las tardes se había dejado dos
horas libres, para sus aseos y sus refrigerios.
Era
evidente que el futuro escritor, inteligente como era, había relacionado el
nombre de los perros a su cuidado con el de los autores que uno de sus amigos,
eterno estudiante de literatura de una conocida universidad limeña, le había
anotado de puño y letra en un papel; y que él, para que no se le extraviara tan
valioso tesoro, había claveteado en una de las paredes de su diminuto
departamento ubicado por los extramuros de Madrid. Tales autores en secuencia
eran: Joyce, Mann, Wilde, Dostoievski, Faulkner, Tolstoi, Kafka y Chéjov. Los
años han pasado y sigue empecinado en leer los mismos autores. Sin embargo,
parece ser que su cerebro está a la deriva, por mezclar las lecturas de los
maestros de la narrativa con la de los de autores de libros de adiestramiento
de perros. Como es deducible, más vive pendiente de su glosario de comandos
perrunos. Ya no conversa, sino que ladra. Y sus dedos, convertidos en garras,
rasguñan historias de largo aliento.
Luego
de su labor diaria de adiestrador de perros, sale a visitar las grandes
editoriales. Toca puertas, ventanas, y hasta ha intentado colarse por los
techos. Pero al socavado Marlon Obregón nadie le abre las puertas.
Una
vez, un directivo de esas editoriales, que por casualidad se había hecho tarde
en su oficina, le dio alcance. Al desdichado Marlon se le reviró el corazón de
alegría, pensando que al fin se le abrirían las cortinas de las oportunidades.
Aminoró la marcha. Y sin voltear a mirarlo, le preguntó:
—
¿Tiene interés en mis historias?
—
¿De qué historias me habla? Lo busco para que adiestre a mi mascota.
Marlon se tragó sus inquietudes y retomó su marcha, más silencioso que nunca. El pobre ya no piensa como humano, sino como un apacible narrador canino.











