lunes, 4 de abril de 2022

Ventura Amoroso, vivía enamorado de todas las mujeres…

(Cuento, Pags. 50, 51 52, 53 Y 54)

Compañía eterna

Ventura Amoroso, vivía enamorado de todas las mujeres y de ninguna en particular. Así, en sus notas íntimas figuraban nombres inacabables de mujeres. Unas con nombres de dos sílabas; otras con cuatro sílabas; y así gradualmente hasta alcanzar nombres de diez sílabas. Como era un hombre sumamente ordenado clasificaba los nombres en orden alfabético, además eran nombres de fácil recordación. Si cometía algún error de ortografía, manchas desagradables de tintas, huellas dactilares, rezagos de grasa, u otro signo de descuido, esa página terminaba en el tacho, hecha añicos. Él se sometía a ese rigor disciplinario, no porque le daba la reverenda gana, sino como lo había manifestado varias veces delante de sus amistades: ¡El nombre de las mujeres debe ser cuidado con el esmero de todo hombre enamorado!

Pero, del dicho al hecho hay mucho trecho, y este adagio no incomodaba a Ventura Amoroso quien más bien recurría a su uso para acomodar y dar veracidad a sus historias que nacían de las páginas fantasiosas que circulaban por su cabeza. Y la gente, a sabiendas que lo que bullía en su cerebro era una retahíla de historias inconsistentes, le dejaba hablar, porque era una manera de ser copartícipes de algo que les era negado y así, al menos a través de otro, disfrutar de la voluptuosidad de tantas mujeres que circulan por doquier. De esta manera, a través del placer de las palabras, se transportaba a los lechos de todas esas mujeres que aparecían en su famoso cuadernillo de notas. Al costado de cada nombre, resaltaba minuciosamente sus cualidades especiales de hacer el amor, de sus perfumes, de sus ropas sedosas, de su hablar misterioso y de otras virtudes inherentes a la femineidad de cada mujer que caía en sus brazos. Y para desenfreno de sus oyentes, les restregaba el cuadernillo íntimo por sus narices, avivando de esa manera sus espíritus y el deseo de que algún día -no muy lejano- ellos también logren ser partícipes de esos placeres vedados. Cada mujer -les decía para soliviantar sus pasiones- que aparece en esas hojas solitarias ha estado en mis brazos una sola vez; repetir el mismo plato es un pecado y yo, como soy un hombre pulcro, mantengo ese principio.

Orgulloso de su soltería, Ventura Amoroso hacía ostentación de sus viajes. Se desaparecía por lo menos una vez por mes y en cada uno de sus viajes dejaba una estela de fragancias, huellas de sus pesadas maletas y del tropel de asistentes que lo acompañaba desordenadamente al Aeropuerto de la ciudad. Todo eso seguido de un largo reguero de inconfundible olor acre que despedían las envidias de los machos despechados, cubiertos -sin que ellos se den cuenta- de un manto denso de sorna que hacía rebullir borborigmos de satisfacción en el estómago de Ventura Amoroso. A medida que se distanciaba, se iba agigantando su lustroso pasaporte diplomático, de cuyas páginas se iban desprendiendo miles de los sellos borrosos de las oficinas de migraciones de los países que él visitaba. Manera indirecta de hacerles saber que tenía que renovar su documento oficial en períodos relativamente cortos.

Tan cegatona es la gente, que cuando se empecina en alcanzar lo que supone que les falta para ser felices, pierden la brújula prontamente y terminan no viendo más allá de un palmo de sus narices. Ventura Amoroso, como era de suponer, había inventado su propia vida y vibraba de gozo al saber que sus propias mentiras, para otros, eran realidades verdaderas. Se reía por dentro, a sabiendas que hasta con sus viajes los tenía embaucados, con el truco del doble engaño: Uno, a los amigos que lo despedían por el frontis y dos, a los que lo recibían por la espalda de su mansión. A los dos bandos, sin excepción, les devolvía los saludos con su mano izquierda -entrenada para estos menesteres- y con una sonrisa sarcástica, distribuida en su cara casi angelical. Sus viajes pomposos consistían en un darle una vuelta a la manzana, al principio de cada mes. Con estos engaños, no le hacía daño a nadie –se justificaba Ventura Añoroso-y que más le daba la felicidad tan ausente en sus amigos.

Dentro de su casa se dedicaba a reinventarse, a escoger nombres nuevos de mujeres y a sustituir los cuadernillos del mes, por otros nuevos. Con la renovación de las mujeres, tampoco se quedaba atrás. Las paredes de su mansión estaban empapeladas con afiches de películas, mujeres de todas las nacionalidades que recortaba de revistas para adultos y fotos ampliadas de las artistas de cine más hermosas. Tan meticuloso era el bendecido hombre, que cada cierto tiempo las iba reemplazando por nuevas y tenía bajo llave los salones donde colgaba su galería de fotos sagradas; sus mujeres eran de él y de nadie más. Y alucinaba que antes de morir tendría que testar, para que cada una de ellas en su ausencia definitiva, no saliera por las calles a mendigar mendrugos de pan podrido para alimentarse.

Hasta hoy, sus amigos no cesan de visitarlo, siguen creyendo en él y esperan que algún día, tarde o temprano, les abra el cofre de las fantasías, y así apropiarse de todo lo que ahí él atesora y formar parte de un círculo íntimo para que él los lleve de la mano al mundo del gozo desenfrenado. Se advierte a las mujeres del orbe imaginario que se pongan a buen recaudo, pues un grupo desenfrenado de hombres frustrados y solterones empedernidos saldrá pronto a las calles, a robarse las fotos de las mujeres más bellas de los estudios fotográficos, magazines, revista de culto a las mujeres y de cuanto haya en las vidrieras de los escaparates que exhiben mujeres al tamaño natural.

Advertidas están, de no intimar con ellos; son seres anormales, de cabeza voluminosa, de ojos libidinosos, caminan con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos, fingen llamarse Ventura Amoroso y ahora recurren a las nuevas tecnologías: la cibernética es su nuevo entretenimiento.

Eduardo Borrero Vargas
Antologia del libro “COMPAÑÍA ETERNA”
(Pag. 50, 51 52, 53 Y 54)