Desde que
puso su pie izquierdo en el estribo de su caballo negro, sabía que era lo
último que haría en esta vida. Su pase por el valle de la muerte, sería
inevitable. Era como dar un final a una larga agonía. Había subvertido el orden
y ya era hora de poner las cosas en equilibrio. Desde luego que, para llegar a
ese equilibrio, tan buscado, tenía que vencer el miedo y el miedo, para él, era
escuchar el silencio atronador, que es el silencio más terrible que el ser
humano pueda oír. Sujetó las riendas y avanzó con su caballo, mirando fijo al
valle de las almas siniestras. Se enfrentaría con gesto altivo y dejaría que
las almas siniestras hicieran un festín con su cuerpo agotado, por los años mal
vividos. Dejaría que su alma fuera despellejada, para hacerla hervir en las
ollas del infierno. Poco a poco, se iría extinguiendo y ya no tendría
sensaciones corporales. Olvidaría quién fue en vida. La gente que alguna vez lo
conoció, lo borraría de su memoria. Y quizás, quizás, en esa otra dimensión,
encuentre la paz que siempre anheló.
lunes, 29 de noviembre de 2021
Cuento “Almas siniestras”
miércoles, 17 de noviembre de 2021
Poema "POESÍA GRITO HUMANO"
El hombre, desde que tuvo
conciencia de ser pensante, se vio en la necesidad de comunicar sus estados de
ánimo a su comunidad a través de la poesía y otras muchísimas expresiones
culturales que el hombre realiza en su desarrollo diario, como una suerte de
mantener un equilibrio cognoscitivo social. A partir de este razonamiento, la
poesía es uno de los tantos medios de expresión por el cual podemos dar a
conocer nuestros complicados caminos internos y aparejarlos en armonía con el
medio externo en el que vivimos. Allí hay otros seres humanos en procesos de
comunicación, de adaptación a la naturaleza que nos rodea y sobre todo al mundo
difuso que no vemos, pero intuimos que ahí está, como una piedra colgada al
cuello. Todo eso nos hace recordar que somos seres controversiales: a veces tan
dulces y a veces tan crueles, hasta el punto de crear cofradías para erigirnos
en quienes somos, más crueles para destruirnos. En estas cofradías, las
expresiones de esta índole están al orden del día: ¡Métanle una zancadilla a
ese que maneja la poesía con altura!
Es así, entonces, que descubrimos
que detrás de cada poema creado o escrito en una obra literaria, hay un ser
humano. Por eso es que sostengo, a cada momento, que esos versos o poemas, digámoslo
con solvencia, son en pocas palabras poemas humanos o gritos humanos, si lo
queremos definir de una manera acertada. Estos poemas o gritos humanos, que
encontramos en autores importantes nacidos en Inglaterra, Francia, Alemania, en
los Países Bajos, Rusia, África, Asia -y en tantos otros países que tomaría
varias páginas el nombrarlos- expresan sus sentimientos en poemas de amor,
angustia, pasión, tragedias, vigencias, posturas sociales y todas las caretas
que el ser humano irá transformando o acomodando a sus desastrosos estados de
ánimo. Aquel que diga o trate de insinuar que hay poesía quechua, aymara,
francesa, inglesa -y en cualquier otro idioma- está estafándose a sí mismo. ¿O
acaso ellos en su conjunto no sufren de ausencias?, de preguntas sin respuestas,
¿de su “obsolescencia programada”?, ¿Dios existe o no existe?, ¿por qué siendo
seres monocelulares nos convertimos en multicelulares?, ¿hay vida después de la
muerte? y el etc., al infinito. ¡Solo la metafísica nos salvará, dirán! Pero es
necesario tener en cuenta que la metafísica es especulativa.
Entonces, concluiremos que el ser
humano deberá resolver sus diferencias pisando tierra. Sitio donde viviremos
prisioneros y en el que buscaremos nuestro equilibrio emocional a través de las
manifestaciones artísticas, entre ellas, creando poesía.
JUGANDO
CON LOS REVESES
Últimamente, se me ha dado por andar
cambiando de nombres a las cosas:
A
las flores, las llamo piedras,
A
los mares, les llamo desiertos,
A
los ríos, serpientes de espanto,
A
las nubes, palomas mensajeras,
A
los árboles, aves trepadoras,
A
los caballos, gallinas de pastura,
A
los cerros, llanuras escurridas,
Y
a la muerte, la llamo vida.
La confusión es tal, que con mi nombre,
no puedo jugar con sus reveses:
se escabulló de mis recuerdos,
y ahora deambulo por el mundo
buscándolo en el valle de los olvidos.
sábado, 13 de noviembre de 2021
En el país de los sin sentido
Asdrubal,
después de haber leído Alicia en el País de las Maravillas, reclamaba con justo
derecho por qué a él lo tenían que llamar orate. Y cumplió su amenaza de
escribir una nueva versión de Lewis Carroll a la que le pondría como título: La
razón en el País de los Sinsentido. La novedad de Asdrubal es que su obra
literaria por estar impresa en un formato nunca antes usado es apenas visible
y, por no estar escrita con letras convencionales sino con signos parecidos a
flechitas diminutas de colores diferentes, ha tenido un gran éxito comercial.
Las librerías han roto record de ventas, se ha replicado en todos los idiomas,
y las imprentas no se dan abasto para suplir la demanda mundial.
Indiscutiblemente, los expertos libreros la consideran la belleza literaria más
vendida en la historia, desde que el hombre aprendió a escribir historias
largas y pequeñas.
Tal es el
éxito de Asdrubal, que no cesa de dar charlas por las principales ciudades de
todos los continentes, explicando con ardor y claridad el porqué del sentido de
su monumental obra. Lo contradictorio de esto es que los asistentes van
vestidos de conejos, orugas, cerdos, sombreros, naipes, tortugas, langostas y,
atiborrando el auditorio, no cesan de cuchichear y de aplaudir sin respiro.
jueves, 11 de noviembre de 2021
Relato "CUENTOS PARABÓLICOS" de Eduardo Borrero
En cada
punto geográfico de esta llamada Tierra, -exponía Benito Segovia en la sala
principal de la Biblioteca Municipal de un pueblo norteño, asentado en los
linderos de un arenal tan árido y extenso que se perdía al este del lugar-
nacen escritores llamados a quedar conectados en la memoria colectiva. Uno de
ellos, cuyo nombre se ha rescatado milagrosamente usando pesquisas de descarte,
es Juan Dunas Manchego. Mi intervención en esta extravagante historia, escrita
en papel sobrante de los mercados, es para contarles que el autor apenas logró
editar diez ejemplares, uno de los cuales es el que les muestro y, como podrán
observar, más parece papel cebolla por lo viejo. O sea que mi papel en este
conversatorio se reduce a ser un simple espectador de otros espectadores, que
dicen haberse deleitado con la lectura de “Cuentos Parabólicos”. Aclaro que
encontré este delicado ejemplar un día de guardar, en la almohada de mi cama.
¿Quién lo dejó ahí? Me he roto el cerebro averiguándolo y no hay respuestas
para ello, ya que mi memoria últimamente va y viene.
Esperemos
que lo expuesto líneas arriba sea una apertura adecuada para conducirlos a
entender estos cuentos alucinantes. Todos ellos, sin excepción, no están
sujetos a la rigidez del tiempo. Simplemente son juegos fantasiosos, en un
mundo imaginario, donde el envés de la realidad es tomado como un hecho
factible. Es decir, en el juego de la vida, el haz y el envés en cada instante
de nuestra precaria vida, influyen en nuestra perspectiva de ver las cosas.
Entonces, podríamos deducir que el muy inteligente y hábil escritor Juan Dunas
Manchego, analizaba la vida desde el sentido contrario del común de la gente.
Eso le permitió escribir lo que otros escritores desdeñaron, por estar
diseñados a mirar desde el lado más cómodo, el diario concurrir del ser humano.
No nos extrañe que esos escritores hayan tratado de desaparecer los vestigios
de esta gran obra, que a ojos de buen cubero les estaba quemando su entrada a
la gloria de las letras. La obra “Cuentos Parabólicos” no tiene y no debería
tener ese vil destino, puesto que el ya desaparecido Juan Dunas Manchego ahora
camina en el envés de la vida.
Se
levantó Benito Segovia, alisó su melena, se acomodó el sombrero y salió del
recinto Municipal. Nadie lo aplaudió. El auditorio estaba vacío. Se encaminó a
la Plaza del pueblo, recién cayó en cuenta que había sido invitado a disertar a
un pueblo fantasma.
martes, 9 de noviembre de 2021
Los “CUENTOS TALLANES” de Víctor Borrero Vargas
Crear historias y contarlas a otros con la elocuencia
directa y casi natural, que parecen verdades tomadas de la realidad misma, es
todo un oficio que convierte al narrador en un hechicero, en un contador de
mentiras, que formalmente por razones de convivencia humana: las mentiras se
van transformando en verdades, en el largo camino de la vida.
Esas mentiras que la tribu humana aplaude, que los críticos literarios llaman novelas o cuentos, que pueblan también la imaginación de los pobladores de una región, a lo largo del tiempo se convierten en obras maestras. Historias que le dan brillo a las mediocres vidas de esos hombres y mujeres, cuyas existencias prosaicas muchas veces no son tan importantes.
Los pueblos originarios tienen sus narradores orales, sus contadores de cuentos, que cuando se transforman en comunicadores, y escriben sus verdades en páginas de libros, son muchas veces temidos como “reveseros”, “ardilosos”, “fascineros” y “pendencieros”. Sus enemigos los acusan de “adefesieros”, pero sus lectores anónimos, que los aplauden y los veneran, ensalzan sus historias como verdades notables, y son excelsas “fantasías”, que brotan del espontaneo humano, de la inconformidad social, de la insatisfacción y de la rebeldía personal; de allí nace entonces toda la literatura actual que pregonan los escritores.
Escribir sobre Víctor Borrero Vargas (1943-2008) es para mí un desafío, un hablar de fantasmas, una confesión de piurano “a piuranos”. Como yo, Víctor Borrero nació en Sullana, en el peregrinar de una familia de clase media. Ambos tuvimos que migrar para estudiar y académicamente hablando descubrimos la “historicidad” en un momento de grandes contradicciones sociales que vivió el país, lectores de Jean Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, y Albert Camus; además de ser admiradores de los narradores argentinos Roberto Arlt, David Viñas y Eduardo Mallea, como más de una vez conversamos.
Su obra narrativa, se desencantó de la narrativa urbana: de la interioridad insular, del movimiento vertiginoso de las idas y vueltas de lo inasible y lo descriptivo. Más bien, su narrativa asume una dialéctica viva entre profundidad y mundo, entre interioridad y exterioridad, en la demostración de la personalidad social y de la psicología de conducta. Interesada más por la semántica y lo freudiano, por los comportamientos y las heridas narcisistas de sus personajes.
Sus cuentos van hacia la síntesis, a los vasos comunicantes de lo inconveniente de las vidas de estos “ex hombres” que pueblan sus narraciones. Es una obra extensa, que sin embargo no ha entusiasmado todavía a los críticos literarios, tal vez por las dificultades para entender el marco social de referencia donde se desenvuelven las ficciones y sus protagonistas: “El alma de Torres” (1987), “Jijuneta y Alma Mía” (1991), “¡Derrama tu sangre, Abraham!” (1994), “Tres mujeres contra el mundo” (1995), “El sueño de Onésimo” (1999), “Happening en la Milla Seis” (1999), “El pecado es un pasatiempo solitario” (2001), “Cabo Blanco” (2001), “Cuentos Tallanes” (2012) y “Nuevos Cuentos Tallanes” (2012). Tiene también “Tangarará” (1993), una pieza de dramaturgia de tres actos, sobre la primera ciudad española en territorios tallanes, en cuyos escenarios desfilan actores históricos: Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Fray Vicente Velarde, Hernando de Soto y Nicolás de Rivera, por el bando hispano; y los caciques nativos Lachira, Maixavilca, y Almotaxe, tomados del referente de los cronistas.
Su narrativa adopta lo real: de la estructura gramatical de la oralidad piurana, y la forma significativa onírica de una aproximación a Juan Rulfo: coincidencias que transitan y se bifurcan en sus textos, pues todos sabemos las enormes similitudes de la vida social, el paisaje, las ropas, las costumbres y el habla de los mexicanos con los piuranos. La esfera de las significaciones sociales y culturales de sus “Cuentos Tallanes” tiene también encuentros con la narrativa tarmeña de los cuentos de “Ñahuin”” y “Taita Cristo” de Eleodoro Vargas Vicuña, y del primer narrador Eduardo González Viaña, en los relatos de “Batalla de Felipe en la casa de palomas”.
Sin duda, la obra maestra de Víctor Borrero Vargas es ese puñado de “Cuentos Tallanes”, de magníficos sarcásticos, atroces y soberbias historias de un estilo de inesperada perfección, por la visión del mundo que expone, desde una perspectiva de lo popular, propuesta inteligente con una técnica narrativa lucida, donde el ímpetu de idealismo -del narrador- fluye para fascinar, abrumar y mostrarnos el apogeo y la ruina del mundo rural y modeno de una parte del espacio cultural piurano.
“Conambre” es un espacio mítico, una población desesperada e invisible, un lugar imaginario, tal como “Comala” o “Macondo”, el infierno de una utopía inventada por el narrador omnipresente que narra desde una tercera persona -muchas veces- diversos sucesos, y es también, una voz colectiva, que quiere representar un tiempo retorcido, por momentos onírico e interpretativo, una manera ambigua y tortuosa de presentarnos las acciones de los instintos y las pasiones de sus personajes. En la novela “Jijuneta y Alma Mía”, la urdimbre de las acciones de los personajes, nos muestra la épica y el martirio del pueblo talareño en tiempos de la IPC. con un parabólico mensaje de protesta social.
La grandeza de los “Cuentos Tallanes” es que nos hace sentir un intenso contenido simbólico, un mensaje cifrado e histórico de nuestra piuranidad.
Articulo de Armando
Arteaga
viernes, 5 de noviembre de 2021
Texto de la PRESENTACIÓN del libro “CUANDO EL CIELO SE TIÑO DE ROJO" de Eduardo Borrero
Presentación
En
el año 1502, el pueblo tallán alcanzaba los setenta mil habitantes. Dos grandes
conglomerados lo conformaban: Paita y Tumbes. El grupo de Paita abarcaba a los
Colanes, los Amotapes, los Pelingarás y los Piuras. Tumbes, siendo un
conglomerado más pequeño, incluía los Tumbes, los Mayabilcas y los habitantes
de Poechos.
Este
pueblo tenía un territorio considerable: por el norte, se extendía hasta los
Chibchas (Colombia); por el sur, hasta Olmos (Lambayeque); por el oeste, con
los Purunes y Cañaris (Ecuador) y por el este, con la etnia de los Guayacundos
(Huancabamba y Ayabaca). El centro más importante estaba Paita. Desde esta
ciudad se desarrolló un sistema de gobierno que, con la fuerza de las armas,
impuso el idioma oficial llamado “Sec”.
El
CIPCA, en el año 1962, publicó “Catac ccaos, origen y evolución histórica de
Catacaos”, de don Jacobo Cruz Villegas, un libro muy valioso porque nos
proporciona información sobre diferentes aspectos de la cultura tallán: sus
mitos y divinidades, sus fortalezas y sus capitales, además de enfocar tópicos
como: la comunidad tallán frente a la conquista y la colonia, voces del dialecto
tallán y del idioma quechua -que sirven para comunicarse entre los pobladores-,
etc. Estas páginas nos muestran la riqueza cultural de este pueblo que
probablemente desarrolló más de un ciclo cultural, pues se han encontrado
vinculaciones de esta civilización con los mochicas. Y en grado tan estrecho
que algunos arqueólogos han denominado tallán-mochica a todo el universo
cultural de estos pueblos
Muy
poco es lo que se sabe sobre la literatura de los tallanes. Pero estos hombres,
inteligentes y cobrizos, seguramente que, como ocurre con los habitantes de
todo el grupo humano, también amaron las historias. La literatura, como señala
Mario Vargas Llosa en el ensayo “El viaje a la ficción” es una hija
tardía de ese quehacer primitivo, inventar y contar historias, que humanizó a
la especie, la refinó, convirtió el acto instintivo de la reproducción en
fuente de placer y en ceremonia artística -el erotismo- y disparó a los humanos
por la ruta de la civilización, una forma sutil y elevada que solo fue posible
con la escritura, que aparece en la historia muchos miles de años después de
los lenguajes
Pero
la literatura es una disciplina muy amplia, pues agrupa a muchos géneros. En
esta oportunidad nos vamos a detener en la leyenda, las mismas que se hallan
dentro del género narrativo. La leyenda, hasta donde sabemos, es una expresión
primitiva que tuvo su origen en la tradición oral, entremezclándose en ella los
hechos verdaderos y los fabulosos. Las más antiguas que se conocen provienen de
la India. Algunas, como “La mesa redonda” y la de “Merlín, el
encantador”, parecen provenir de antiguas tradiciones celtas; otras, no
son sino historias desfiguradas. Sus fuentes son, frecuentemente, hechos
históricos deformados por la tradición. Gran parte de la epopeya era ya
conocida en forma de leyenda. Y, además de ser cuna de los cantares de gesta,
sirvieron al romancero. Las características de las leyendas nos permiten
conocer las costumbres, sentimientos, ideales, actitudes y maneras de entender
la vida de una civilización a través del tiempo y el espacio. La leyenda se diferencia
del cuento y de la anécdota porque es explicativa y no tiene la complejidad del
primero, además de que su motivo esencial es unitario. Su importancia radica en
el hecho de documentar la identidad cultural de los pueblos en relación con sus
orígenes.
Hemos
afirmado que documenta la identidad cultural de nuestros pueblos, entendiendo a
esta como un conjunto de valores, tradiciones, símbolos, creencias y modos de
comportamiento que funcionan como elemento cohesionador dentro de un grupo
social y que fungen como sustrato para que los individuos que lo conforman
puedan fundamentar su sentimiento de pertenencia, Por eso me parece importante
la publicación de “Cuando el cielo se tiño de rojo y otras leyendas tallanes”,
del escritor Eduardo Borrero Vargas, en un momento histórico donde la
globalización, como un fantasma, recorre de prisa todos los continentes del
planeta. No es que estemos en contra de la globalización –que, obviamente, trae
cosas valiosas para los seres humanos- pero es imprescindible que, sin
menoscabo de dichos beneficios, los pueblos conserven su identidad cultural
para que nuestro mundo siga siendo rico y diverso en expresiones culturales,
además de significar una forma de afirmación de su libertad.
El
libro de Eduardo Borrero Vargas tiene como protagonistas principales a un
miembro del Consejo de Ancianos de los tallanes, y a las divinidades del
pueblo: Macacará Sec -dios del principio y del final-, Huangalá Sec -dios de
los registros y acontecimientos-, Vichayal Sec -dios de la austeridad y
sacrificio, etc. Las primeras cuatro leyendas nos ilustran como surgió el
pueblo tallán: La vida se inició en el
centro abismal de la profundidad de la bóveda negra por donde las estrellas y
los luceros aminoran su intensidad y, mucho más atrás, casi rozando la espalda
de la línea sospechosa por donde el sol se torna asustadizo y temeroso… (“Orígenes
tallanes”). Pero también nos cuenta cómo se produjo “El
gran diluvio tallán”, aquel que duró tres veces siete; “De
duendes y fantasmas”, en donde nos habla de la entrada al inframundo
(agujero sin fondo); “De curanderos y del ceibo de los cerrojos”,
para referirse a los curanderos mayores o brujos, que son los sumos sacerdotes
(guardianes de las huacas).
A
partir de la quinta leyenda, “Cuando el cielo se tiño de rojo”,
el escritor nos introduce en una nueva etapa de este pueblo, producida con la
llegada de los españoles: Pisotearon
nuestro honor; que es lo más preciado que tiene el hombre. Redujeron a cenizas
nuestros enseres. Nuestros hogares desaparecieron. Perdimos las tierras y a
nuestros dioses, creadores de la ley y el orden, los desterraron al valle de
los olvidos, nos quitaron la lengua materna. De ser dueños de las comarcas,
pasamos a ser simples vasallos…
Siguen
las leyendas “El dios Tallán que se convirtió en lechuza”. “De capullanas y
matriarcados”, “De evangelizaciones y cambios de nombre”, “El lagarto de oro”, “De
lengua y cronistas”, “El envés del pueblo tallán” y “De centenarios y algo más”.
En todas estas leyendas, el escritor Eduardo Borrero Borrero, indignado por la
actitud de los conquistadores hispanos, les increpa cómo, en nombre de su dios,
saquearon, quemaron, violaron y casi destruyeron la cultura Tallán; sin
embargo, esta persiste hasta nuestros días -vivita y coleando- dándole vida a
los diferentes asentamientos humanos de Piura, u aún se siguen utilizando
vocablos Sec, así como del quechua: barbacoa
(cáma de varas lisas suspendidas sobre cuatro puntales de algarrobo
descortezado), cancha (maíz tostado),
callana (trozo de olla usada para
tapar recipientes), chamiza (ramajes
delgados y secos desprendidos de los algarrobos), chicha (bebida fermentada de maíz colorado, famosa en Catacaos), chucaque (cólico estomacal de origen
psíquico que se cura con rezos), churuco
(recipiente vegetal grande, seco y hueco, que sirve de baúl), entre otros.
Con
un estilo sobrio, sencillo pero elegante, ajeno a los retorcimientos
sintácticos, Eduardo Borrero Vargas, como un dios tallán, nos introduce al
mundo inédito de la literatura tallanca para recordarnos nuestras raíces,
además de inducirnos a la reflexión sobre nuestro pasado como lección
histórica. Y, como no podría ser de otro modo, para disfrutar con estas
magníficas leyendas.
Wilmer Rojas Bustamante
lunes, 1 de noviembre de 2021
Relato "DÍA DE LOS ANGELITOS"
Piureñ@s, en noviembre, por el día de los angelitos, regresaré a mi casa materna de
Sullana a recuperar las “pesetas gordas”, que dejé enterradas bajo las añosas
cucardas. Las tomaré y con ellas compraré en la panadería de Ceferino y de los
Olivares, puñados de angelitos y caminaré por sus calles polvorientas a
repartirlos a los niños deambulando por el cementerio. Me sentaré junto a ellos
y les daré lo que tanto extrañan, amor y golosinas. No lloraré ni les contaré
historias de vida. Solo los miraré y gozaré con ellos viéndoles aletear sus
alitas en su silencio infinito.
Eduardo
Borrero VargasLima,
01 de noviembre del 2021
sábado, 18 de septiembre de 2021
"SULLANA CITY", cuento de Eduardo Borrero
Ruperto Saona nació en Sullana, así lo indicaban los papeles que
revisaban sus amigos quienes después de muchos años de arqueología documentaria
habían logrado recuperarlos de los archivos municipales. Sin embargo, no
lograron ubicar el año de nacimiento en esos papeles, ya que las polillas se
habían tragado el lado lateral del papel amarillento donde debería figurar ese
dato. Sabían que su casa quedaba pegada a un algarrobo añejo, bajando hacia la
ya olvidada calle San Martín. Fueron en su búsqueda y la casa, temerosa de ser
alcanzada, retrocedía según ellos avanzaban. Recién se darían cuenta que
Sullana era un pueblo levantado entre médanos movedizos que daban la impresión
de revolverse entre ellos y formar murallas infranqueables a quienes intentaran
hurgar sus entrañas. Los amigos, asustados ante esta situación inusitada,
dejaron de buscar a Ruperto Saona. Entendieron que las noches les serían
propicias, no para andarlas de averiguadores de una persona sino para sentarse
en la plaza de armas del pueblo, para hablar de aquel muchacho fuerte y
emprendedor que los acompañó en el colegio. Recordaron entonces que ellos eran
de una generación en el olvido; Sullana se había convertido en una metrópoli
atravesada por trenes suspendidos en colchones de aire que se desplazaban a
velocidades cercanas a los mil kilómetros por hora y que los caballos y los
burros se habían convertido en máquinas voladoras de cercanías, al servicio del
público. Y a los muertos ya no los enterraban en el cementerio –convertido en
un gran galpón- sino que atendidos por Nanorrobots, los reciclaban
convirtiéndolos en cyborgs capaces de realizar tareas extremas en lugares
llamados exoplanetas. Al fin, después de tantos intentos, rozaron la verdad.
Sullana se había convertido en la primera ciudad distópica de este lado de la
Vía Láctea. La gente no tenía nombres, solo eran copias de copias de siglas y
números. Ruperto Saona y sus amigos siguen subiendo y bajando la calle San
Martín. Por las noches, se refugian en el añejo algarrobo convertido en
estación principal de los viajes a planetas que quedan más allá de millones de
años luz.
martes, 14 de septiembre de 2021
Un abrazo al cielo hermano... Víctor: la vida en dos dimensiones
Alguna vez tenía que enfrentarme a esta situación. Y es que
escribir testimonios de vida o muerte no es tarea fácil, pues este acto alcanza
y toca los sentimientos humanos más hondos. Y, además de demandarnos una
capacidad de síntesis para comprimir el tiempo en unas cuantas hojas, la tarea
más difícil radica en el hecho de trabajar en dos dimensiones. Como colegirán,
estoy frente a un reto casi imposible, como el querer rascarse la cabeza con
una mano sin dedos. Pero abordaré con lucidez esta aventura.
Dios nos dio vida, y la dosificó a cuentagotas. Porque para la
creación usó la “obsolescencia programada”, término aplicado en la fabricación
de máquinas o artefactos eléctricos. En pocas palabras, nuestro genuino
armatoste psicosomático viene con esa marca indeleble pegada a nuestro cuello.
El hombre no puede eludir ese designio: nacer y morir. Las grandes desazones
vienen de esa certeza: el hombre en su empeño de eternizarse, reniega de su
situación, acusando vacíos o los que los especialistas en Psicología llaman
desequilibrios o trasvases mentales.
El punto más admirable de mi hermano Víctor –“Mecho”, al
interior del seno familiar y para sus amigos- es que aceptó con humildad y
entereza su destino: el de alejarse irremediablemente de nosotros en pleno
ejercicio de sus facultades creadoras. ¿Cuántos proyectos maduros refulgían en
su interior? Nunca lo sabremos. Solo somos testigos que, días antes de su
partida, gozaba alucinando y escribiendo sobre hojas en blanco, cuentos, y
novelas guardadas celosamente dentro de su mente, incontables y extraños
personajes liberados de quien sabe qué rincón de su memoria.
“Mecho” era el engreído de la familia, y fue el hermano que
compartió los últimos de vida de nuestros padres. Curioso sin remedio, viajero
incansable, lector indesmayable, propiciador de prolongadas tertulias, de
memoria prodigiosa, era, además, generosos en sus actos. Y, sobre todo, de una
imaginación libre, como los pájaros que vuelan sobre las ramas del viento hasta
posarse más allá de la línea del horizonte. ¿Cómo no recordar a mi hermano, si
en el fondo era un niño tímido con un lapicero en la mano?
Hemos compartido muchas vivencias: las mismas pensiones, la
misma universidad y nuestros amigos; el amor por los caballos y las mulas,
nuestra afición por la cacería, las fogatas en el campo, nuestro temor al Cerro
del Viento plantado como un vigía solitario en el corazón de El Angolo, los
mismos fantasmas y duendes escurridizos que se esconden detrás de los ceibos y
de los charanes, conocedores estos del lenguaje nocturno y el andar lento de
los bosques secos, el silbido del ave de la medianoche, el rugir del puma, el
reptar del macanche y el conversar cadencioso de la gente del campo.
Por boca de nuestro padre conocimos los nombres de los últimos
bandoleros que asolaron la región norte y el nombre de cada una de las
quebradas y cerrerías de la frontera. Y aprendimos a auscultar el cielo para
pronosticar si ese día o el siguiente, o la próxima semana, o el próximo año,
serían lluviosos. Cómo no recordar ese día, demasiado extraño, en que nos
enseñaba cómo el arrebiatado manchaba la albura del algodón; aquel día sin
saber por qué, nos vimos de pronto envueltos en motas de algodón que caían del
cielo como nieve desprendida de un cielo despejado.
Nuestra madre, devoradora de libros, por las noches nos contaba
cuentos de aparecidos, de lechuzas cortadoras de almas, de mujeres vaporosas y
de duendes desalmados.
Nuestras expediciones al Ecuador, preparadas meticulosamente por
nuestro padre, servían para acicatear nuestra imaginación de niños: una res
vagando solitaria por esos campos se multiplicaba hasta ser un millar; una
choza retorcida se transmutaba en un magnífico castillo medieval; y un jinete
solitario, montado en un jamelgo, en un avispado comisario impartiendo
justicia. A lo lejos, pasando el río Macará, divisábamos El Tamarindo, donde
los tíos nos esperaban con suculentos bocadillos. Dos años antes de la partida
de “Mecho”, regresamos a Macará invitados por Pedro Quito, Presidente
Municipal, a develar una fotografía del tío Segundo Borrero Riofrío, quien
fuera Presidente Municipal el año 1938. En la ceremonia Víctor fue invitado a
tomar la palabra. Habló con serenidad y con palabras asertivas logró,
milagrosamente, desterrar esa desconfianza que, por razones infundadas, alteran
nuestra convivencia vecinal. Regresamos a Sullana al anochecer. Víctor entró en
sopor y ladeó la cabeza hacia el lado izquierdo. En medio de la oscuridad que
nos iba cayendo, lo vi perfilado y lo acaricié con los dedos del alma. Mi
hermano ya mostraba signos de fatiga.
Desde esa vez, atento a los hechos, me habitué a los viajes:
cada tres o cuatro meses estaba junto a él, sentado bajo la parra de la vieja
casa familiar, analizando centímetro por centímetro cada uno de sus misteriosos
rincones. Por ese lado – me dijo señalando un rincón del patio- hay tres agujeros
sin fondo, y de cada agujero salen ruidos diferentes: en el primero como el de
niños balbuceando; en el segundo, como el de niños correteando; en el tercero,
como el de adultos en trance hacia la muerte. ¿Cuál de los tres agujeros es más
conveniente para un cuerpo cansado? Me fue imposible responder. Me quedé
callado y nuevamente, al voltear, me encontré con su perfil cada vez mejor
tallado.
Un martes 25 de noviembre del 2008 llegué a Piura. Mi hermano
Humberto me esperaba en el terminal terrestre. Con el alma a cuestas y con el
corazón destrozado, di un paso adelante y le dije: Falleció bordeando la una de
la mañana. Extrañado, me preguntó: ¿Cómo lo sabes? Le respondí: Porque a esa
hora se sentó junto a mí y me rogó que le recitara uno de mis poemas:
¿Dónde vives?
En el borde del desierto, contesté
¿Te crees Jesucristo, entonces?
¡No, sólo soy un simple hombre!
¿Y qué es lo que pretendes encontrar?
Una tinaja y una piedra de destilar
¿Y eso?
¡Ahí nos encontraremos mis padres y mis hermanos!
¡Pero, qué locura!
¡No es el renacer!
Mi hermano Humberto, aún guarda la hoja en la que esa madrugada
escribí ese pequeño poema que más tarde titularía “El Desierto”. En el año 2009
fue incluido en mi obra Alma del Norte.











