viernes, 28 de enero de 2011

LAS CONFESIONES (SIGUE LA GUERRA LITERARIA)

Los remordimientos son como el diablo. Cuando a un cristiano lo agarran del cogote no lo dejan tranquilo ni para hacer del cuerpo. Y es que Carlitos Sarmiento tenía que sincerarse y rápido para aliviarse. El peso de la mentira le era cada vez más insoportable y le hería el espinazo hasta hacerlo sangrar.
Haber engañado a los amigos era como haberse quitado la vida con la mano de Satán. Ya lo había oído de niño en la selva, en el aserradero del abuelo, de la boca de una shipiba corrigiendo a su hijo: “el viejo tunche” te jalará al monte, donde no se ve el sol, por andar diciendo mentiras como los extraños que llegan de los pueblos de abajo de los ríos”. Y ahora en su edad mediana temía qué la historia del “tunche” sea verdadera y por embustero lo levante en vilo y lo sotierre en el monte de los mentirosos.
¿Por qué los adultos, a uno, de niño, lo andan martirizando con duendes, tunches, pishtachos, gnomos, aparecidos, negros paicones y otros seres ocultos tras la oscuridad de la noche? ¡Maldita sea!, que manera de complicarnos la existencia; pensaba Carlitos Sarmiento, en ese preciso instante, en que clarito recordaba las palizas que el abuelo, demencialmente le propinaba en plena selva. Cuantas veces, para probar su hombría, lo había dejado solo en las “cochas”; quizá, para moldearlo o para deshacerse de él. Un día le preguntó, temblando de miedo: “Abuelo, si soy tu único nieto, ¿por qué me lastimas con odio y a mi madre me la ocultas? ¿A qué se debe que nunca me hables de ella? ¿Acaso ha quebrado las buenas costumbres, ha renegado de Dios o el viejo tunche la enamoró y llevó al monte a convivir y es madre de otros tunches?
A los diez años fugó a Pucallpa. Un tuerto ayahuasquero, maestro reconocido de la zona, lo cobijó en su cabaña. Tres años lo tuvo a su cargo. Tú tarea principal será regresarme al mundo- le dijo- cuando me veas con los ojos vidriosos de “paiche” muerto, me sacudes fuertemente, rezas en voz alta y me das de beber el líquido de esa botella verde que cuelga cerca de la ventana; es como si estuviera muerto o en trance aquí echadito en mi tarima, pero estoy vivo en el mundo del más allá. Lo brujos “ayahuasqueros”- siguió- tenemos el poder de conocer el futuro y de viajar a otros lugares, pero también sé que algún día quedaré atrapado por esos lados. Sé muchas cosas pero no te las puedo revelar. La otra tarea es qué iras a la escuela fiscal, ya es tiempo: para mañana ya será tarde. Y cuando cumplas trece años te daré suficiente dinero y te embarcaré con alguno de mis “pacientes” que lo he regresado al mundo de la claridad. Lima, es tu destino –le aclaró- lo sé porque he visto tu futuro. No dudes de eso porque soy una persona que vive fisgoneando el más adelante. Al llegar a Lima el “paciente” te entregará un papel donde estará escrito tu nombre. Una feliz familia, que no tiene hijos, te abrirá su corazón. A ellos le entregarás el papel, lo leerán con cariño, y por primera vez oirás tu nombre. Deja que la vida discurra normalmente y no pretendas seguir mi camino porque es tenebroso conocer lo que va a pasar mañana. Te volverías loco: los profanos no están preparados para esto, si lo intentas, envejecerás antes que claree el alba. Una vez que salgas de aquí no voltees –insistió-, fija tu vista al oeste y pronto verás el mar. ¿Y qué de mi origen, te preguntarás? Acuérdate que el viejo “ayahuasquero” es la selva y la selva es el origen de la vida por lo tanto yo soy tu padre.
Tal como lo anunció el “ayahuasquero”, en esa casa no le faltó lo mínimo. Creció con dignidad. Le enseñaron que la farsa y la mentira eran prácticas aberrantes y pecaminosas nacidas del mismo diablo. Él era consciente del pecado cometido: “Los mil panfletos que le dieron para repartirlos terminaron hechos añicos en el cagadero”. Cerró los ojos y su espíritu vio el alma triste del “ayahuasquero” rondando a su alrededor con la mirada baja de la pura vergüenza. Carlitos intentó ver su imagen reflejada en el espejo y sólo vio unas figuras deformes y difusas que cambiaban de tonalidades grises a negras tan rápidamente que le herían las pupilas. Recordó que allá en el interior de la selva las tribus no confiaban en los espejos: “los espejos a veces son difusos y no reflejan caras sino maldades, mentiras, almas errantes y retorcidas de “tunches” multiplicados por miles”. Carlitos Sarmiento, a sabiendas, había roto un pacto de amigos. Ahora su redención sería hablarles con la verdad.
-¡Carajo!- reaccionó el Negro Faura- Quince años palabreándonos con eso de: ¡valió la pena muchachos! Y recién te sinceras, con cara compungida, qué los mil volantes se los tragó tu cagadero. ¿Qué clase de mierda eres, no tienes sentido de compañerismo?
-¡Disculpen! No los quise herir- insistió Carlos. Ya es hora de quitarme este peso de encima. He sufrido contándoles historias falsas, como esa que les narré sobre un grupo de escritores de la Amazonía que venían en marcha a Lima en apoyo a nuestras demandas. Y otras tantas con las qué los entusiasmé, como, la de ese periódico limeño de alto tiraje que publicaría nuestras peticiones y condiciones para lograr que la intelectualidad limeña ceda en algo en su orgullo y acepte que en los concursos literarios los jurados sean provincianos, al menos una vez al año, y que de vez en cuando en sus medios de comunicación hagan mención del desarrollo literario del interior del país. Paulatinamente les llené las mentes de fantasías mentirosas. Estas mentiras son mi calvario y me redención. Sólo quiero que me comprendan. Ya es tiempo que mis penas y remordimientos me permitan vivir en equilibrio. Ahora el “tunche” me dejará tranquilo y dormiré con mi conciencia tranquila, si es que ustedes, por supuesto, me dan esa ocasión. Ya lo dijo Dios: “vuelve a mí, porque yo te he redimido”… Apelo a su grandeza.
-Carlitos, conociéndote- retomó la palabra el Negro- lo que tú le llamas confesiones hace rato las sospechábamos. Sólo, esperábamos el instante en que te atreverías a decirlas frente a frente con un vaso de cerveza en la mano, como siempre, sentados en una mesa, dilucidando nuestras confusiones. En tu conciencia quedará escrito esta deslealtad, pero no somos dioses para atribuirnos la redención: ¡seguiremos siendo amigos, no nos vuelvas a defraudar!
-¡No volverá a suceder, no saben, lo que es vivir en el infierno! ¡Seguiremos en la lucha!- respiró aliviado Carlitos Sarmiento.
-Hay algo que me inquieta, amigos de lucha- siguió el Negro-. Hay temas que hemos soslayado. Sopesemos, los quince años que han pasado por nuestro costado: en el país han sucedido cosas extrañas, mientras nosotros vivíamos absorbidos en una lucha intelectual literaria. Dejamos de lado el mundo que nos rodea y esto nos ha sobrepasado. ¿No saben qué el nuevo presidente del Perú es un japonés? ¡En pleno año de 1990! ¡Si mis abuelitos se levantaran de la tumba, se volverían a enterrar!
-Negro- interrumpió el escritor provinciano-, con razón la gente en el norte se quejaba que no había de comer y el partido de gobierno culpable de esta hambruna, azuzaba a los campesinos con pancartas: ¡Voten por el chino! ¡Con el chino habrá de comer! ¡No voten por la gallina pupujada! ¡La gallina pupujada representa a los ricos!
-¿Y quién es la gallina pupujada?- preguntó César Ríos.
-El contendor, un tal Llosa o Vargas Llosa, famoso novelista. Dicen que vivió en Piura, pero su familia es arequipeña o limeña. Allá lo fastidiaban con esa chapa porqué se ponía rojo, cada vez, que discurseaba por pueblos del interior, como las gallinas que ponen huevos y pujan hasta que el huevo salte al nido y para él la palabra era un huevo tibio que le molestaba y lo dejaba caer, no para anidarlo, sino para salir rápidamente de algo en que no creía. Mal negocio hizo en meterse en esta agonía. Salió averiado. Los “compañeros”, con saña, lo empujaron al purgatorio para expiar sus inocencias- cortó rápidamente el escritor provinciano.
-Carlitos- retomó la palabra el Negro Faura-, tú que eres heredero de dones sobrehumanos, dinos, entonces, ¿en qué país hemos vivido o que nos ha pasado? ¿De qué atrocidades discuten? ¿De los muertos que lloran? ¿De los ajusticiados? ¿De los desaparecidos? ¿De terrorismo? ¿De bombas y torres derribadas? ¿De tomas de rehenes? ¿De muertes extrajudiciales? ¿De entierros clandestinos? ¿Qué nos pasó, por qué a nosotros estos crímenes y latrocinios se nos fueron por el costado? ¿O es que estos años de tragedias fueron un montaje para seguir con la repartija? ¿O es que en realidad sucedieron? ¡Me rehúso a creer que el Perú sea un país feo y maldito!
-No, lo que pasa amigos- respondió Carlos- es que vivimos en un paralelismo. Hay un mundo intelectual vigente que aparentemente no mueve los dedos porque saben que su mundo jamás será alterado. Ellos entienden que para esos juegos de guerra está el Estado y que para mantener bien aceitados los engranajes de la maquinaria Estatal deben pagar sus impuestos a tiempo: a esta puntualidad la llaman “cultura económica”. Lógicamente, esto implica la necesidad de mantener también una “intelectualidad política” acorde a sus necesidades. Contra esa “intelectualidad limeña o de alimeñados” seguimos embroncados. Al querer derribar ese muro maldecido perdimos la visión y el tiempo traidor pasó de largo, silencioso; pero, en verdad, tengo la firmeza que nuestros pleitos no han sido en vano, detrás, vienen a trancos firmes nuevas generaciones preparadas y bulliciosas que en unos pocos años darán tanto que hablar que los rebasarán. Las oportunidades serán parejas y en inteligencia e inventiva narrativa los dejaremos de lado con las muelas rotas y los ojos en blanco. En pocas palabras en las nuevas generaciones ellos serán nosotros y nosotros seremos ellos, pero libres de egoísmos, angurrias, envidias, manejos y plagios. Por supuesto, amigos, que el mundo seguirá girando, pero estaremos en la trinchera, peleando cuerpo a cuerpo, contra este grupo intelectual enquistado que lo único que busca es colgar al mundo, en un punto en el espacio, para asfixiar a los grupos intelectuales provenientes del interior del país.
-Eso lo entendemos claramente, pero, ¡caramba!, Carlos, Negro y tú escritor provinciano… ¿y los muertos? ¿qué pasó con ellos? ¿quién de nosotros tiene una respuesta coherente?- les increpó César.
-¡En este país incoherente las respuestas coherentes sobran! ¡En pocas palabras, amigos de luchas literarias!- remarcó el Negro- ¡En casi una década, nos bebimos los muertos en las cantinas!
EDUARDO BORRERO VARGAS.- DERECHOS RESERVADOS.-
MARTES, 16 DE FEBRERO DEL 2010.

RESCATANDO A FELIPILLO

“Felipillo lloras iras contenidas
Sufriendo siglos de mentiras
De cristianos de las Iberias
Que ensuciaron tu memoria”.

Eduardo Borrero Vargas

“Era un mal hombre Felipillo de Pohechos,
liviano, inconstante, mentiroso, amigo de revueltas y sangre
y mal cristiano, aunque bautizado”
Francisco López de Gómara
(“Historia General de las Indias”)


Gracias a la hiperactividad o a la ansiedad de andar metido en la computadora, noche y día, buscando libros viejos. Días atrás, descubrí en uno de los tantos vendedores calificados del ciber espacio el libro titulado “Felipillo”. Esta novela escrita por Luis Senen Codina y prologada por Luis Alberto Sánchez, se editó por primera edición en enero de 1974 y fue poco difundida. Empero, no se le puede restar méritos ya que el autor tiene el coraje de tomar como protagonista principal a este personaje denostado, mal interpretado o mal estudiado en la historia del Perú.
Todos los historiadores o casi todos, si es que por ahí hay alguna excepción, coinciden en señalar a Felipillo de Pohechos como el culpable de la caída o el derrumbe del Imperio Incaico. Infelizmente, el nombre de Felipillo quedaría grabado en la historia del Perú como sinónimo de traición y entreguismo, pero, ¿quién es este personaje cuya actividad traductora lo empuja a ser tratado de esta forma? Recordemos que Felipillo cuando fue capturado en una balsa navegando a Panamá ya era “lengua”. Era conocedor de varios dialectos de la zona y del quechua por su actividad de comerciante. Pero, ¿cómo se iba a imaginar que su vida giraría en trescientos sesenta grados? El azar o la suerte, que desempeñan un papel decisivo en el ser humano, lo empujaron a un universo para él jamás imaginado o soñado. A partir de ese acontecimiento su vida sería otra, cada vez se alejaría del mundo en el que se había desenvuelto e iría sumergiéndose en otro totalmente desconocido y sin aparente explicación.
El episodio histórico de la conquista del nuevo mundo o choque brutal de dos mundos, uno en pleno desarrollo y el otro ya maduro con objetivos definidos de conquista (tierra y oro) y evangelización, so pretexto de dotar de gracias divinas a esos infieles (sin templos ni casas de adoración), lo podríamos calificar como: “los vómitos del abismo del fin del mundo” (por si acaso esta frase no es de mi autoría) o “la más terrible y desgarradora expresión de otredad”. Muchos investigadores partiendo de este ángulo, han llegado a conclusiones asombrosos que ayudarán, sin duda, a entender con mayor lucidez este episodio tan complejo.
Para graficar con claridad este fenómeno transcribo del libro, lo siguiente:
“Se miró detenidamente la cara y un gesto de desilusión pudo retratar el espejo; se veía él mismo; nada había cambiado en su cara, los mismos rasgos, el mismo color, los mismos pómulos saltantes y como remate- aunque se frota las mejillas para convencerse-, hasta donde avanza su quijada, no encuentra las barbas que su imaginación había asimilado al bautizo. No era como aquellos hombres y era cristiano. Y se siguió mirando, esperando la transformación que no llegó, admitiendo al fin su equívoco; era el mismo anterior de aquella ceremonia. Por consolarse, expandió al viento la frase feliz:
- ¡Felipe de Pohechos, cristiano, bautizado con nombre de príncipe!”- (p.16)
Ni “Felipe de Pohechos” (se desconoce su nombre tallán), ni los capitanes españoles dieron un paso adelante en el “nos y el otro”. Nunca se entendieron. El “lengua tallán” desconfió de ellos y los españoles por igual. Es aquí, qué los conquistadores, cegados por los celos e impotencia de no poder leer los pensamientos de “Felipe” (nombre de reyes), lo rebajaron a “Felipillo”, diminutivo peyorativo y prejuicioso. Me aventuraría a pensar, aunque no soy historiador, que los conquistadores eran iguales o peores que él. Recordemos, repito, que la conquista fue a sangre y fuego. En nombre del rey y la iglesia católica se cometieron barbaridades. En contrapartida, con toda seguridad, que en sus voces interiores “Felipe” los detestaba y los llamaba despectivamente: “Viracochitas ladrones, ladinos, ambiciosos, mal dados por las tierras, el oro y manejadores de idolatrías”. Lógicamente, como es fácil de suponer, “Felipillo” salió averiado de esta colisión de dos culturas, debido a que su civilización no contaba con el contrapeso de la escritura para dilucidar este entredicho o drama histórico.
Entonces, ¿cómo lanzarle un salvavidas a “Felipe de Pohechos” para rescatarlo de la ignominia en la historia del Perú? Grave problema para los historiadores porque siempre recurrirán al “Archivo de Indias”, escrito por cronistas españoles en beneficio propio. Para una mejor comprensión de este dilema, tomemos como ejemplo a Francisco López de Gómara que escribió “Historia general de las Indias”. Este historiador fungió de cronista sin atravesar el océano atlántico, se basó en historias o fantasías de a oídas o de leer crónicas de repente trucadas enviadas del nuevo mundo. El ser humano desde que aprendió a hablar también aprendió a mentir. La mentira oral o escrita es uno de los mecanismos utilizados por el ser humano para engañar y conseguir parabienes, hundir cabezas, desprestigiar pueblos y civilizaciones o conseguir sitiales en el paraíso. Cuando los contrastes no son posibles, los historiadores deberían abstenerse de conclusiones o definiciones débiles porque la historia luego los juzgará implacablemente. A estos historiadores les aconsejaría replantear este “drama histórico” y dar otra visión de “Felipe de Pohechos” y de otros “lenguas” para restituirlos en su verdadera dimensión histórica.
Los restos, de este personaje tan jaloneado, ya hecho polvo, son parte íntima de las arenas del desierto de Atacama, hoy territorio chileno. Diego de Almagro fue el encargado de ultimarlo atravesándolo de pecho a espalda con su espada trabajada en fraguas crepitantes de odios y avaricias. Felipillo pasaría a la otra vida sin saber, en realidad, quien era y quienes eran los otros. Mala forma de morir para un ser humano libre que el destino lo colocara en una encrucijada sin salida
“Para ese apóstata sin conciencia de apostasía, había solamente la exigencia de serlo. Hesitantes, sus sentidos se volcaban en lo externo; tras los chirridos de la realidad, tras sus reflejos, buscando en ellos la seguridad de su pensamiento, antes de hundirse definitivamente. Quería saber él lo que iba a morir y lo que sobreviviría. Ideas de otra vida, aprendidas muy al paso, le hacían concebir la esperanza de una vida celestial, pero él no la deseaba si habría de proseguir esa lucha que en él había dado, entre el ser natural y libre y el cultivado cristiano”. – (p. 279)
Esta tarea justa, de devolverle a “Felipe de Pohechos” su dignidad, deberá nacer de nosotros los descendientes de los tallanes. Los historiadores y profesores de historia del Perú; piuranos, sullaneros y tumbesinos, jugaran el papel decisivo en el replanteamiento de esta etapa dramática de nuestra historia. Ya es tiempo de traerse abajo ese andamiaje mal armado por tantos historiadores, que más andan hurgando el Archivo de Indias para ver si por casualidad encuentran sus orígenes hispanos y vanagloriarse de ello, que buscando con la seriedad de un erudito la verdad de los hechos.
El mejor ejercicio, para romper esquemas o cadenas, trabadas por sistemas rígidos y ortodoxos impuestos por personas que sólo miran los acontecimientos históricos desde una sola orilla, es con juegos de palabras o frases escritas con el fin de desubicarlos de su contexto o de su eje giratorio. Con esto pueda ser que por casualidad logremos que sus neurotransmisores se agiten hasta estallar en miles de luces y desconcertados por este alumbramiento me pregunten: ¿por qué no se me ocurrió? La cosa es de fácil ejecución o hasta risible, afirmaría, deben desprenderse de estas rigideces o sujeciones mentales; leyendo o escribiendo parodias de conquistas con caballitos de madera y espadas de cartón o jugando a lo que le llamaremos, a partir de ahora, juegos históricos al revés:

“Era un mal hombre Francisquillo López de Gómara,
liviano, inconstante, mentiroso, amigo de revueltas y sangre
y mal creyente, aunque bautizado en el vientre
de la pachamama”
*Ancaj Jimac de Pohechos
(Historia General de las Iberias)

Estos ejercicios mentales, aunque nos incomoden, son necesarios para alcanzar la transparencia histórica. Dejemos ya de comer sapos y culebras engañosos. Felizmente en otros países ya hay corrientes en esa dirección y los resultados son positivos y alentadores: la conquista del nuevo mundo es más compleja de lo que los historiadores han escrito.
EDUARDO BORRERO VARGAS
Sábado 08 de Enero del 2010
* Ancaj Jimac (Gavilán negro).- Nombre tomado de las “Etimologías Tallanes” del Dr. Manuel Yarleque Espinoza.

NOTA.- DERECHOS RESERVADOS

lunes, 4 de mayo de 2009

EL HORNERO TALLAN


Soy pájaro hornero
norteño como ninguno
que pico a pico
construyo mi nido
en los viejos algarrobos.

Lodo y paja
paja y lodo
en mi pico llevo
para construir un castillo
donde a mi amada espero.

Lodo y paja
paja y lodo
los llevo en mi corazón
para levantar muros
en el hogar de mi amada.

No consiento cristiano
ni dios infinito
ni poder oculto
ni jaulas de oro
que me sometan.

Vine del sol
y al sol regresaré
no le temo al tiempo
y en el eterno algarrobo
por siempre viviré.

Soy hornero tallán
en arena tallado
por el relámpago dibujado
por el rayo fraguado
y por el trueno liberado.

“Chilalo” también me llaman
pero tallán igual soy
mañaneando canto
atardeciendo también
del tiempo dueño soy.


EDUARDO BORRERO VARGAS.- Derechos reservados.
Lima 11 de Julio del 2005

AL POETA SIN NOMBRE


Has de saber poeta
que en Sullana, mi terruño,
no tienen cabida
los maricones o felones.
los que se escudan en alucinados
ni siquiera nombre tienen.

No pretendas escudarte en insanos
que en mi pueblo sullanero
se les aplasta como gusanos.
como soy paciente esperaré
en mi gallinero a ese eunuco
que en su ego presumió.

Y si en su montonera se apoyó
para así ofender en tu nombre.
como la mala leche no me anima
y con todo lo ofrecido cumplo.
como buen varón que soy
te envío al gaucho Yupanqui.

Y como buen poeta laureado eres,
escucha su canción:
“De tanto mirar la luna
ya nada sabes mirar
eres como un pobre ciego
que no sabe adonde va”.
EDUARDO BORRERO VARGAS.-
Derechos reservados.
Lunes 20 de Junio del 2005

EN BUSCA DE LAS RAÍCES


El Negro Faura, gentilmente, semanas antes de viajar el escritor provinciano a su pueblo, le advirtió que las poses de Carlitos Sarmiento solo eran productos de sus disloques mentales y de ninguna manera injuriosas. También lo convenció que a pesar de estos percances la unidad entre ellos se mantendría, por encima de todo.
Reconfortado con estos comentarios el escritor provinciano no perdió la fe en sus amigos. Era el mes de Noviembre. Después de largos quince años llegaría a “coronar” sus muertos. Era el momento de los arreglos, de las paces y de los recuerdos. Las horas de las cuaresmas estaban llegando. Él se enfrentaría como Jesucristo que, en su condición de hombre expulsó al demonio.
El cementerio sería su desierto, pero no para trompearse con diablos y demonios, sino para querellarse contra si mismo por haber abandonado inexplicablemente sus raíces. Ahí, con seguridad, encontraría la brújula que la había perdido hacia rato en Lima. Pero que, gracias a su espíritu indomable, no se había “alimeñado”.
Detestaba a los limeños no por ser limeños, sino por su capacidad de “acamaleonarse”. En esta capital tan llena de contradicciones, tan presto se consideraban hijos de grandes empresarios o hijos de hacendados o descendientes de héroes de la independencia o herederos de grandes fortunas o fantaseaban ser descendientes verídicos de pajarones reales o parientes de escritores inigualables.
Tres meses, duraría su estadía en Sullana. Tres meses, yendo al cementerio a las nueve de la mañana en punto. Tres meses, intimando con sus hermanos a las tres de la tarde en la casa materna, bajo la sombra de la vieja parra sembrada por su padre. Tres meses, durmiendo en un hotelucho de poca monta a media cuadra del solar familiar. Tres meses, padeciendo inhumanamente la dureza de las soledades e insomnios. Tres meses, sintiéndose fisgoneado por ojos fantasmales y oyendo voces nocturnas. Tres meses, conectado por túneles espirituales con sus antepasados. Tres meses, perseguido por una turba de espíritus demoníacos y malignos. Tres meses, buscando en los laberintos oscuros de la noche, los designios de su vida. Tres meses, sobrellevando agonías, gritos y sollozos. Tres meses, sin poder conseguir remendar sus bolsillos del alma, agujereados de vacíos e inconsistencias.
La visita acabó. Se embarcó rumbo a Lima. Era ya fines de Enero del año 1,975. Antes de caerse dormido en el asiento del ómnibus, vio la cara de su hermano Víctor hablándole pausadamente, -“no lo tomes a mal, pero creo que esto de las tendencias de andar escribiendo y escribiendo es genético. Recordarán lo que nuestra madre nos narró, cuando éramos niños, que al tío Vidal lo embarcó la bisabuela Magdalena, maniatado, de Guayaquil a Paita, totalmente loco. Y en lo que es la sala principal de la casona lo ataban a un horcón en sus días de furia y en los días apacibles le alcanzaban resmas de resmas de papel e inacabables lápices de carbón, sobre las cuales descargaba sus sentimientos y sus frustraciones en poesías mágicas que solo les faltaban alas para volar y volaron antes que las lluvias del año 1,925 las destruyeran. Ve tranquilo hermano que esas poesías no se han perdido: hoy revolotean en nuestras cabezas. Todo es cuestión de aceptarlas y dejarlas fluir que la prosa vendrá por si sola. Entonces, nada de temores al escribir que, del tío loco viene la vaina”-
Amaneció con las piernas entullidas. Las aristas de una cajeta de cartón eran las culpables de sus malestares. Se agachó. La levantó del piso del ómnibus. La abrió con ansiedad y en ella encontró cuatro paquetes envueltos con consejos apenas legibles: el primero era una antigua cantimplora, “te será útil para cuando te internes en tus desiertos, tu hermano Beto”, el segundo unas espuelas de plata, “úsalas cuando la mula se te empaque, tu hermano Oscar”, el tercero con una navaja, “un hombre sin navaja no es hombre”, tu hermano Antonio y el cuarto con un retoño de algarrobo, “siémbralo y no te alimeñarás, tu hermano Juan”.
El escritor provinciano miró triste en dirección al cielo y le pareció ver en el horizonte una nube blanca dejando nubecitas de colores sobre su mano extendida al espacio. Se desperezó y bajó del ómnibus y ya en plena calles de la capital vio asombrado como el paquete se le escurría de las manos y volaba suavemente de regreso al norte.
Entendió claramente el mensaje de los hermanos: “un hombre jamás debe olvidar sus raíces”.
EDUARDO BORRERO VARGAS- DERECHOS RESERVADOS- ABRIL 2009.

Apuntes autobiográficos

Nací en Sullana en la década de los cuarenta en una casa llena de historias y fantasmas fui el sexto entre nueve hermanos.
Estudie en el colegio Salaverry y en el colegio Santa Rosa.
En la década de los sesenta estudie ciencias en la universidad de san Marcos.

Siempre seré contestario y libre pensador.
Escribo porque es una forma de apagar mis infiernos.
Mi hermano Víctor me preguntó ¿por qué no concursas?. Le contesté: no creo en los concursos literarios
Seguiré escribiendo hasta que Dios lo quiera.